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“Benedetto Marcello”

Febrero 6, 2010

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

“Benedetto Marcello”

De entre las obras más populares que se suelen programar en las salas de conciertos figura el 2º movimiento, Adagio, del Concierto para Oboe en Re menor de un compositor italiano de la época barroca: Alessandro Marcello.  Sin duda es una de las obras más poéticas que se han escrito en el siglo XVIII.  Por mucho tiempo se pensó que el compositor había sido el hermano de éste, Benedetto Marcello, pero gracias a las investigaciones que se han realizado en los últimos decenios, podemos afirmar sin lugar a dudas quién fue el verdadero compositor.  De cualquier forma en esta ocasión quiero referirme a éste último, Benedetto Marcello precisamente porque fue un organista virtuoso y gran compositor de música sacra.

Benedetto Marcello nació  en 1686 de noble familia.  Al parecer la educación artística constituía una gran tradición en el seno de los Marcello por lo que él, junto con sus hermanos Alesandro y Girolamo, cultivaron la música y la poesía, al igual que su padre, Agostini, que se dice era un excelente violinista y su madre Paolina Cappello que era pintora.  La educación en casa de los Marcello era estricta, casi rígida.  Se dice que Agostini exigía que sus hijos compusieran ocho o diez versos cada mañana y cada noche, algo que nos parecería exagerado, pero, era tal su exigencia, que no concedía ningún permiso si al solicitarlo, la petición no era formulada mediante versos.  Parece, sin embargo, muy raro que, al llegar Benedetto a los dieciséis o diecisiete años y descubrir su vocación por la música, su padre se opusiera tenazmente a hasta tal extremo de llegarle a quitar el papel pautado para evitar que su hijo compusiera.  Como es natural a esa edad Benedetto no respetó la prohibición de su padre y dedicó tres años de estudios musicales intensos.  Suponemos que la oposición paterna se debía a que las artes eran consideradas un ornamento y no una profesión.  Es por eso que Benedetto fue visto siempre como un aficionado ya que no obtenía ganancias de sus composiciones, a pesar de que sus conocimientos musicales eran superiores a los de cualquier profesional.

Después de haberse dedicado al estudio de la música tuvo que emprender una carrera administrativa, sobre todo porque era algo obligado para alguien como él que provenía de la nobleza.  Se dice que practicó la abogacía durante algún tiempo.  A los veinticinco años lo encontramos en Venecia, como magistrado, y en 1716 en el Supremo Consiglio dei Quaranta, donde permaneció por algo más de catorce años.  Es en este periodo en el que compuso la mayor parte de sus obras musicales de géneros muy diversos: Serenatas, Oratorios, Sonatas para flauta y para clavicémbalo, conciertos, composiciones polifónicas, y muchas obras más.  Una de las más importantes fue L’Estro poetico armonico, en el que aparecen entonados, a una o más voces con acompañamiento de instrumentos, los primeros cincuenta Salmos de la Biblia.  Son ocho volúmenes los que constituyen esta gran obra y aparecieron entre 1724 y 1727.  Se dice que Benedetto fue tras los indicios de cuantas tonadas antiguas de salmos originales pudo obtener de los hebreos contemporáneos suyos, que según estos afirmaban saber de boca de sus mayores y que aseguraban habían sido usados en el templo de Jerusalén.  Es muy poco probable, pero no dudamos de su buena voluntad.  A mi parecer, su intención no era únicamente reproducir las tonadas originales, sino sobre todo ofrecernos un modelo de interpretación del texto en forma de un recitativo intensamente dramático que ya se había utilizado en el siglo anterior y que en Venecia, ya fascinada por la ópera, había olvidado en su totalidad.

Como era de suponerse y después de tan rígida formación, Benedetto Marcello también dedicó un buen tiempo para escribir versos, ya sea de carácter amoroso como el titulado Diantre Sarceo, o ya sea de carácter sacro, como por ejemplo, la colección de Sonetti a Dio, de 1731.

Hacia 1725 encontramos a Benedetti Marcello en Roma como maestro de la Accademia dell’Arcadia y aquel mismo año, su Serenata de cantarsi per uso i scena se representó en Viena con ocasión del cumpleaños del emperador Carlos VI.  En 1728 se casó con Rosanna Scalfi, una mujer del pueblo, y mantuvo en secreto el matrimonio para no contravenir la costumbre que prohibía semejantes uniones.  Fue entonces que le ocurrió un incidente que marcó un parte-aguas en su vida:  mientras se encontraba en la iglesia de los Santos Apóstoles, la losa de un sepulcro cedió y él cayó hasta media pierna en la tumba.  Benedetto consideró este suceso como una premonición de la Providencia que lo advertía de próxima muerte y lo llamaba a regresar a la fe.  Se dice que a partir de entonces, se volvió muy escrupuloso y timorato hasta el punto abstenerse de componer música y fue presa de auténticas crisis de “misticismo”, que era algo muy en boga en la gente “piadosita” del siglo XVIII.  En compensación se dedicó a escribir un poema bastante amplio acerca de la Redención.  Sin duda es bello pero no ofrece nada nuevo a la fe y al dogma cristiano.

En 1730 fue nombrado abastecedor de Venecia y permaneció en el cargo unos siete años.  ¡Todo un político!  Con toda razón se le consideraba un aficionado a la música y no un gran maestro como hoy se le puede admirar.  Murió en Brescia, donde fungía como camarlengo, el año 1739, a los cincuenta y tres años.  Además de sus grandes aportaciones para teclado (órgano y clavecín), podemos considerar a Benedetto Marcello como el músico que más contribuyó para la consolidación de la Sonata da Chiesa o Sonata de Iglesia.  Este tipo de obras rompe con la tradicional estructura de la sonata a tres partes ya que se añade un cuarto movimiento, quedando la estructura lento-rápido-lento-rápido.  Las sonatas de Iglesia de Benedetto Marcello son de una belleza única y aunque ya no se ejecutan en la liturgia cristiana todavía elevan el espíritu del oyente, y es en realidad el fin para el que fueron compuestas…

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, el 8 de junio de 2009

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“Francisco López Capillas”

Enero 22, 2010

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

“Francisco López Capillas”

Uno de los más grandes músicos mexicanos, contemporáneo de la excelsa poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, fue Francisco López Capillas.  Vivió en el siglo XVII y es considerado el primer Maestro de Capilla de la Catedral de México nacido en tierras mexicanas.

Francisco López Capillas nació en 1614, en la capital del Virreinato.  Poco se sabe de su infancia pero muy seguramente fue ‘seise’ del coro de la Catedral de México.  Recordemos que en aquella época las voces femeninas estaban prohibidas en el culto público de la Iglesia, por lo que las voces agudas eran cantadas por niños que se agrupaban de seis en seis.  López Capillas recibió la instrucción musical de la época: canto llano (gregoriano) y el ‘canto de órgano’ que no era otra cosa que composición polifónica.  Se cree que pudo haber sido discípulo de Antonio Rodríguez de Mata, músico español, maestro de capilla de la Catedral de México de 1614 a 1643.

Hacia 1641 encontramos a Francisco López en la Catedral de Puebla donde, bajo la autoridad de Juan Gutiérrez de Padilla ocupó el cargo de segundo organista, ‘baxonero’ y cantor.  Era la época, aunque muy breve, del gran obispo Juan de Palafox y Mendoza quien estimuló la cultura, defendió a los indios, fundó seminarios y colegios, inauguró la biblioteca que lleva su nombre, contribuyó a la construcción de la Catedral de Puebla y además fue escritor y poeta.

Más tarde, López Capillas sucedió en el cargo de primer organista al Pbro. Pedro Simón aunque conservando el cargo de ‘baxonero’.  El baxonero era el encargado de tocar el ‘baxón’ que es un instrumento parecido al fagot y que apoyaba al coro en las partes graves.  Este cargo en la Catedral de Puebla duró poco tiempo: alrededor de un año, pero aprovechó en gran manera la continua convivencia con Juan Gutiérrez de Padilla, además de tener contacto directo con las obras de otros músicos, guardados en el archivo.

En 1648 lo encontramos en la Catedral de México como organista y en 1654 es nombrado Maestro de Capilla y Organista por su “suficiencia y habilidad para dichos ministerios”.  Es de esta época la mayoría de sus obras hasta hoy conocidas y rescatadas por los musicólogos.  Sus obras son principalmente vocales, polifónicas, destinadas al servicio litúrgico como son Misas, Pasiones, Motetes, Salmos, Lamentaciones, Secuencias, etc.  Pero se sabe que también compuso villancicos, ensaladas, tocotines, chanzonetas, cantadas, etc., en español, náhuatl, mestizo y negro, como era la usanza de la época.  Desafortunadamente mucha de su música está perdida.

Una anécdota curiosa que podría ayudarnos a calcular su ingenio y su musicalidad: A petición del virrey, Francisco Fernández de la Cueva, Francisco López compuso una misa a cuatro coros para la dedicación de la Catedral Metropolitana en 1656.  Eran cuatro coros locales, cada uno con su órgano y demás músicos y cada uno con su propio director que cantarían todos, una misa completa en sí misma y diferente a las otras tres, y que, sin embargo, se amalgamarían en un todo armonioso y perfecto.  La crónica de la época lo refiere así: “Acudió todo el reino y las religiones por la novedad de cantarse cuatro misas a un tiempo, juzgado por acto de mofa; pero quedaron confusos y admirados de ver el acto más grave y más grande que la Iglesia de Dios ha usado, y lo que más admiró fue el ver obrar a cada uno lo que le competía como si fuera solo… sin confundirse ellos ni sus ministros, acólitos y músicos… Acabáronse las misas… con tanta alegría… que fue admiración, y los que pretendían censurar quedaron confusos y avergonzados”.

Como muchos músicos a lo largo de la historia, Francisco López tuvo problemas de diversa índole, desde la mala remuneración por su trabajo hasta digresiones por su forma de componer.  Aun así, el trabajo que realizó denota una gran personalidad, de exquisita y profesional preparación.

(Una pieza que personalmente me es muy grata es el motete “Lumen ad Revelatiónem” compuesto para la fiesta de la ‘Purificación de la Virgen María’ o ‘Fiesta de la Candelaria’.  El texto es un fragmento bíblico del Evangelio de San Lucas, capítulo 2, versículos del 29 al 32.  En ella podemos apreciar perfectamente su maestría en el uso del contrapunto y su ingenio al tomar un tema gregoriano y manejarlo después polifónicamente).  Sabemos que fue un gran estudioso, conocedor de la ciencia musical de su época, buen intelectual que, al igual que Sor Juana Inés de la Cruz estuvo influenciado por el pensamiento pitagórico y neoplatónico acerca de la “armonía del cosmos” y la “música de las esferas”.

Después de una vida musicalmente fecunda, Francisco López Capillas murió el 18 de enero de 1674, aproximadamente a los 60 años de edad, tras una breve enfermedad.  Afortunadamente nos legó obras polifónicas admirables en las que podemos reconocer tanto sus conocimientos teóricos como su buen gusto de cantor, de verdadero artista.

Lester D. Brothers afirma que “viviendo en el mismo siglo que Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639) y Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), Francisco López demostró que los mexicanos no sólo tenían algo que ofrecer en el mundo de la literatura sino también en el mundo de la música”.

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, el 11 de agosto de 2008.

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“La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine” (Parte IV)

Enero 12, 2010

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine

(“Gloria a Dios en el Cielo” o “Dale, Señor, el descanso eterno”)

IV Parte de IV

Continuación

… El problema es serio y va tomando dimensiones impresionantes porque no se ha atacado esta “plaga” desde la raíz.  Habría que empezar por renovar, no los planes de formación que, en realidad, si se parecen a los de mi Orden, como es natural, son excelentes pero no pueden quedarse sólo en el papel.  Hay que trabajar desde arriba (obispos y sacerdotes), hasta los fieles (religiosos y laicos).  Estoy convencida de que estamos todavía a tiempo para poner en práctica todas las disposiciones, órdenes, recomendaciones, sugerencias, etcétera, que sobre la música sacra nos ha hecho el Magisterio desde hace muchos años, aunque ya sabemos que lamentablemente esta crisis, lo repito, está tomando dimensiones impresionantes.  Estamos en el camino perfecto para que la herencia y el tesoro que la Iglesia ha promovido y conservado durante cientos de años se vaya al sepulcro y con toda razón el cantemos el “Réquiem aeternam dona ei, Dómine”  (Dale, Señor el descanso eterno), aunque dudo que a estas alturas todos los feligreses sepan lo que es un ‘Requiem’.

El maestro José Antonio Robles Cahero, historiador e investigador titular del CENIDIM (Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical Carlos Chávez), del INBA, apunta muy atinadamente, desde su perspectiva de musicólogo, lo siguiente:

“… propongo las siguientes acciones como un medio plausible de tratar de cambiar y mejorar la situación antes descrita (y que también aquí estamos comentado):

… Promover y fortalecer la formación musical de los sacerdotes, así como la de los músicos que trabajan para la Iglesia, mediante talleres y clases especiales en los seminarios y escuelas de música sacra…  Propiciar la composición y la interpretación de una nueva música sacra, compuesta por los mejores compositores de México, que continúe dando esplendor al culto y a la liturgia.”

Como podemos observar, desde una u otra perspectiva (la sacra y la profana), es de opinión general que la base es la adecuada formación.  De todas formas, no hay que olvidar que actualmente se tienen algunas Comisiones y Escuelas de Música Sacra en México que están trabajando arduamente en este campo.  De hecho, anualmente se organizan encuentros y conferencias donde participan los responsables de la música y la liturgia de cada diócesis.  Pero no es suficiente.  En realidad todo va dirigido a los que tienen ya alguna experiencia en este campo y son sólo unos cuantos.  Hay una necesidad urgente de llegar a los párrocos, a los que viven cotidianamente esta difícil situación, a los no-expertos y los no-formados, y abordar temas muy concretos.  Así mismo, la formación musical en los seminarios y las casas religiosas debe abarcar por lo menos materias como éstas:

-       Canto llano y canto gregoriano

-       Polifonía

-       Historia de la música

-       La música en el Magisterio de la Iglesia

-       Liturgia Pre y Post-Conciliar

-       Solfeo

-       Órgano e instrumentos recomendados (por lo menos nociones)

-       etcétera.

Todas éstas como materias obligatorias y no opcionales como se da en la mayoría de los casos.  Es verdaderamente una pena encontrarse con padrecitos y monjitas que no saben ni siquiera lo mínimo para una digna y correcta celebración y que al tratar de dialogar con ellos se muestran indiferentes, apáticos y hasta molestos.  Se comprende que todos somos humanos, pero yo pienso que, estando ya en este lado de la trinchera, tenemos (y yo me incluyo) la inmensa responsabilidad de reflejar en todas nuestras acciones el amor y la misericordia del Dios en Quien nosotros creemos y proclamamos, y una de las expresiones más bellas para hacerlo es la vivencia de una Liturgia llena de belleza, arte y dignidad, (sólo son opiniones y puntos de vista).

Ojalá un día pudiera encontrar en los periódicos católicos algunos títulos parecidos a estos:

-       “Curso de Formación litúrgica y musical para todos los fieles”.

-       Taller: “Qué y qué no está permitido en la misa”

-       Foro: “La música sacra en las parroquias” (temas de reflexión).

-       “Cómo participar en una Misa cantada”

-       La Música sacra en la Iglesia: “Gloria in excelsis Deo o Réquiem aeternam dona ei, Dómine”

Y en los anuncios parroquiales algo así:

-       Ven y participa! “Curso de Formación Musical” ¡Grupos adecuados a tu edad! (Habrá dinámicas)

-       La Parroquia de San Cucufato te invita: “Concierto de Música Sacra” con Fulanita de Tal al órgano y la orquesta de la colonia, y el Padre Zutanito como director.  ¡No faltes!, ¡te esperamos! ¡Entrada libre!

Es como un sueño dorado ¿verdad?, pero no creo que sea imposible, sólo es cuestión de que nos pongamos las pilas y comencemos a aplicar debidamente y con responsabilidad las disposiciones del Magisterio para salvaguardar el tesoro y la herencia musical que la Iglesia tiene, cada uno desde su trinchera.

Termino con una frase de Miguel Bernal Jiménez que me gusta mucho y con la que suelo terminar mis colaboraciones: “En mi pecho arde un secreto anhelo, Señor, que mi canto sea agradable a Ti y también a los hombres”. O como el Motu Proprio de San Pío X: “… la música sagrada tiende a su mismo fin, el cual consiste en la gloria de Dios y en la santificación y edificación de los fieles”.

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, en Agosto de 2008.

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La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine” (Parte III de IV)

Enero 2, 2010

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine”

(“Gloria a Dios en el cielo” o “Dale, Señor, el descanso eterno”).

Parte III de IV

Hace algunos días, en uno de esos pequeños ratos que tengo para la lectura personal, quise hojear los periódicos semanales que recibimos habitualmente en mi comunidad monacal.  Entre los artículos y propagandas que leí me topé con un anuncio que decía más o menos así:

-       “¿Cómo vivir y promover el Evangelio?, participa en la formación Teológica para laicos”.

Una inquietud muy grande surgió en mi interior y pasé un buen rato leyendo todos los anuncios y avisos acerca de los cursos y talleres que promueve la Iglesia Católica:

-       “Curso de formación básica para nuevos ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión”.

-       “Coaching cognitivo aplicado a grupos para mejorar tu servicio al Señor.”

-       “Master in Family” para los agentes de Pastoral Familiar.”

-       Foro: “La elección de pareja para un proyecto de vida”.

-       Curso de “Sanación Integral”.

Y me puedo seguir con más anuncios semejantes.  Mi desasosiego estaba llegando al culmen pero todavía me di el lujo de hojear algunas revistas religiosas… y nada: ni un solo curso, taller, ponencia o algo por el estilo que abordara la música sacra y que estuviera abierto o dirigido específicamente a los no-expertos en el arte.  Y para rematar mi desilusión, al reacomodar las hojas de uno de los periódicos, leí este anuncio:

-       Parroquia de Santo… te invita: “Concierto de Rock-pop con N…, y su banda.”

¡Esto es lamentable!…  Está por demás decirles que pasé un buen rato estupefacta, desilusionada y sin palabras.  Y sin embargo es la cruda realidad.  Desafortunadamente a la música sacra no se le da el valor que debiera tener y por lo tanto es poco el interés que se tiene para abordar el tema.  Qué lástima que los principales promotores de esta gran herencia, los padrecitos y las monjitas, sean precisamente los menos interesados y los menos formados en este campo.  Es por eso que decidí, en esta ocasión, compartir con ustedes, por segunda ocasión, algunos puntos referentes a la Formación Musical de los fieles y que podemos encontrar en los documentos que versan sobre la música sacra, aprobadas y confirmadas por la Iglesia Católica.

Tomaremos como hilo conductor uno de los documentos más completos que podemos encontrar dentro del Magisterio de la Iglesia y es el “Músicam Sacram”.  Este documento lo aprobó la Sagrada Congregación de Ritos en 1967.  Ya cumplió 41 años pero lamentablemente muchas de sus disposiciones están aún sin ejecutarse o cumpliéndose de manera superficial o arbitraria.  Es cierto que, después del Concilio Vaticano II, los sumos pontífices, desde Paulo VI hasta el actual Benedicto XVI han escrito sobre el tema pero en realidad no hay nada nuevo que no se haya dicho en el Motu Proprio de S. Pío X, en el Musicae Sacrae de Pío XII, o en el citado “Músicam Sacram”.  Otro documento que nos es indispensable es la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, en su Capítulo VI dedicado íntegramente a la música sagrada y a la que nuestro documento, Músicam Sacram, sirve de continuación y complemento.

Tenemos, pues, un primer punto, el No. 17 de Músicam Sacram, que dice así:

“Entre los fieles deben recibir particular preparación en el campo, los miembros de las Instituciones religiosas de laicos para que con más eficacia contribuyan a sostener y promover la participación de los fieles.  La preparación de todo el pueblo al canto se debe promover cuidadosamente y con paciencia junto con la instrucción litúrgica, según la edad, el género de vida, el grado de cultura religiosa de los fieles, empezando desde los primeros años…”

Vayamos paso por paso.  Es innegable el interés que el Magisterio de la Iglesia tiene por una verdadera y seria formación litúrgico-musical,  pero hay que reconocer que, como dice el viejo refrán, ‘del dicho al hecho hay mucho trecho’.  Una cosa son las posturas y disposiciones del Magisterio y otra las celebraciones cotidianas de una parroquia en particular.  Es clara la ausencia de formación litúrgica y sobretodo litúrgico-musical en la mayoría de nuestras iglesias locales, desde los mismos pastores (obispos, sacerdotes y diáconos), hasta los ministros y fieles.  Y si no hay formación desde las cabezas es casi imposible formar a los fieles, aunque sabemos que hay que tomar en cuenta diversos factores tanto contextuales como culturales y sociales.  Es más complicado de lo que parece y las soluciones se ven cada vez menos a nuestro alcance.

En un libro de Antonio Alcalde, titulado “El Canto de la Misa”, me encontré, en unas cuantas líneas, una descripción de nuestra realidad musical y esto en la música en general y no sólo en la sagrada:

“Nuestros niños y jóvenes no están educados para la melodía.  Están privados de gustar y saborear una bella melodía porque se han acostumbrado al ritmo insistente, chirriante y machacón… y cuanto más ritmo menos melodía.  Para ellos melodía es sinónimo de canción romántica, de música lenta, para bailar pegados (baladas, boleros)…”

Es evidente que cuando se trata de una celebración litúrgica la mayoría de los fieles jóvenes y no tan jóvenes no están convenientemente educados ni para ejecutar una música bella y digna ni para escucharla atentamente y participar en ella.  Aún a los mismos pastores les da cierto “miedo” abordar el tema, ya sea para su propia formación o ya sea para las actividades propias del ministerio con los fieles.  Tal vez piensan (y es opinión muy personal), que si no sintonizan con las canciones que están de moda (una moda muy efímera por cierto), y no adaptan los cantos litúrgicos a dicha moda, los fieles huirán o de plano no se acercarán a las celebraciones.  A mi juicio, una cosa es la ‘inculturación’ de que tanto habla la Iglesia y otra muy distinta el “populacherismo”, (¡vaya expresión!), que en nada sintoniza con la belleza y dignidad que nos hablan los documentos eclesiales.

Y es que parece ilógico: todos pensaríamos que los padrecitos y las monjitas (incluyéndome a mí, por supuesto), estudian por lo menos lo más elemental del arte musical, pero, aunque sea duro decirlo, ésta es la realidad, NO hay formación musical “seria” en los seminarios ni en las casas religiosas.

Tenemos en el No. 18, inciso a), del Músicam Sacram:

“Por lo tanto: tiene que haber un coro o capilla musical o “Schola Cantorum” formada cuidadosamente, en particular las iglesias catedrales y en otras iglesias mayores, en los seminarios y casas de estudio de los religiosos…”

Y el No. 52 nos vuelve a insistir en el tema:

“Para conservar el tesoro de la música sacra (y lo subrayo para que no haya duda), y para promover nuevas creaciones del canto sacro dése mucha importancia a la enseñanza y práctica musical en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudio, así como también en los demás institutos y escuelas católicas, sobre todo en los Institutos Superiores destinados a este fin…”

Es de suponer que cada Orden, Congregación Religiosa, Instituto de Vida Consagrada, etcétera tiene, en sus planes de estudio, la música como una de las principales materias pero (y hay que subrayar este ‘pero’) si aplicáramos un examen de conocimientos básicos de música y liturgia me temo que una inmensa mayoría saldrían debiendo puntos.  Es, precisamente en la cuestión formativa de la música sacra, donde hay un conformismo “bárbaro”, y si no, veamos algunos ejemplos:

-       Los responsables de las Casas Formativas o los superiores de Seminarios, Órdenes, Congregaciones, etcétera, se conforman con que haya alguien que ‘disque’ sepa cantar.

-       Se conforman con que alguien toque de oído y hasta se atreven a decir: “soy lírico” (¡si supieran lo que lírico significa!)

-       Se conforman con un conjunto (que no me atrevo a llamar ‘coro’) de gente de mucha buena voluntad y ánimos pero de formación musical casi nula.

-       Se conforman con una misa (o cualquier otra celebración) con guitarras.  Y habría que señalar que la guitarra es uno de los instrumentos no-recomendado para uso litúrgico, pero en fin.

-       Se conforman con un teclado último modelo que en nada puede compararse a las cualidades tan peculiares del órgano.

-       Se conforman con maestros “chafas” (y estuve a punto de escribir “piratas”) que enseñan poco y mal y carecen de conocimientos de liturgia, básicos para una buena celebración.  Pero “¡como el maestro no cobra!…”

-       Se conforman con cantos “populacheros” (y me doy el lujo de repetir más palabras domingueras), con el pretexto de que es para que la gente participe… ¡vaya disfraz para pensar y decir que la gente es tonta y no tiene capacidad para aprender buenas melodías!

Y podría alargar mi lista de “conformismos” pero me ‘conformo’ con estos…  (Continuará…)

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, en Agosto de 2008.

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“La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine” Parte II de IV

Diciembre 16, 2009

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

La Música Sacra en el siglo XX:

“Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine

(“Gloria a Dios en el cielo” o “Dale, Señor, el descanso eterno”)

Parte II de IV

En 1962 se inauguró, con el Papa Juan XXIII el Concilio Vaticano II.  Fue un acontecimiento de suma importancia para la vida de la Iglesia y un parte aguas en lo que se refiere a la liturgia y la música.  Se buscaba la renovación.  Entre los documentos que se promulgaron como resultado de dicho Concilio tenemos la “Constitución Sacrosanctum Concilium” sobre la Sagrada Liturgia, aprobada por el Papa Paulo VI en 1963.  El capítulo VI está dedicado exclusivamente a la Música Sacra.  Este documento ratifica lo antes ordenado por San Pío X y por Pío XII y de nuevo se hace una insistente llamada a una seria formación musical en todos los seminarios y casas religiosas (Art. 115).  En el Art. 116 volvemos a encontrar el canto gregoriano como propio de la liturgia y dice que “hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas”. También se hace mención de la Polifonía y la vigencia del uso del latín (Art. 113) como propio de la Iglesia: no dice que se destierre, ni tampoco que se imponga, simplemente es la lengua oficial de la Iglesia y su uso depende de los obispos de cada lugar.

Y aquí llegamos a un punto especialmente difícil.  El artículo 118 habla sobre el “canto religioso popular” (lo que anteriormente llamábamos como “música religiosa”) y permite que se interprete en las acciones litúrgicas como Misas, Sacramentos, Oficio Divino, siempre y cuando se haga “de acuerdo con las normas y prescripciones de las rúbricas” para que todo el pueblo participe.  Entiéndase las “normas y prescripciones” referentes a lo antes dicho de “arte y dignidad”.  A partir de este momento, a mi juicio, empezó el fuerte declive de la música sacra en la Iglesia.  Desafortunadamente se ha hecho una muy mala lectura de este artículo y con el pretexto de fomentar la participación del pueblo y facilitarles esta participación, se han introducido “cantos” de muy mala calidad que carecen de “arte y dignidad” y, unos más otros menos, hacen eco de la música profana popular, reprobada por Pío X desde 1903.  Esto tiene su raíz básicamente en la formación.  Desde hace muchos años se ha prescindido de la verdadera formación musical en los seminarios y las casas religiosas.  Se ha descuidado mucho este punto formativo y desgraciadamente se deja todo a la “buena voluntad”.  Los rectores y superiores se han conformado con que haya alguien que toque y cante de ‘oído’.  Yo me pregunto: en 10 años, cuando ese seminarista, religioso o religiosa de muy buena voluntad, que toca y canta de oído, esté al frente de una parroquia o de un grupo de fieles, ¿cuál será el lugar de la música sacra en las acciones litúrgicas?, ¿cómo las organizará en lo que se refiere a este punto específico?, ¿a qué le dará más importancia si la Misa es el culmen de la vida de la Iglesia y la música no es un añadido sino una parte constitutiva de la celebración? … de nuevo sin comentarios.

Y todavía más.  Desafortunadamente me he topado con quienes desdeñan el uso del latín y en consecuencia el canto gregoriano y la polifonía.  Hasta he llegado a escuchar frases como estas:

- Madre Beatriz, ¿para qué cantan eso que la gente ni les entiende?

o bien esta otra:

- Madre, por favor toque algo que la gente se sepa y puedan seguirla.

y todavía peor:

- ¡Oiga!, ¿qué no ha leído usted los documentos del Concilio Vaticano II?, ¡allí dice que ya no se cante en latín! (¿será?).

Y me queda otra inquietud.  Durante siglos el pueblo cantó fervorosamente todo tipo de melodías gregorianas.  Todo fiel cristiano sabía entonar un Kyrie o un Agnus Dei; sabían de memoria los himnos para cada fiesta además de las secuencias y otros cantos.  Después de una milenaria tradición sacro-musical, ¿podrá pensarse que el pueblo en la actualidad no es capaz de escuchar una melodía y con letra (y traducción) en mano (trabajo que les toca a los responsables), pueda cantarla y participar así activamente?  Yo he comprobado que sí se puede, sólo es falta de formación y mala lectura conciliar.

Tenemos todavía dos documentos que podemos citar aunque sea brevemente: Musicam Sacram, instrucción aprobada por el Papa Pablo VI en 1967 y el “Quirógrafode Juan Pablo II” con ocasión del centenario del Motu Proprio de San Pío X.  Del primer documento podemos entresacar lo siguiente:

“Música Sacra es aquella que, compuesta para la celebración del culto divino, está dotada de ‘santidad y excelencia de formas’.  El nombre de música sacra comprende el canto gregoriano, la polifonía antigua y moderna en sus diversos géneros, la música sacra para órgano y otros instrumentos admitidos y el canto popular sagrado, es decir litúrgico y religioso”. (No. 4, a y b).

¿Hará falta subrayar con doble raya lo de “que está dotada de santidad y excelencia de formas”?… En este apartado encontramos al “canto popular sagrado” como parte constitutiva de la liturgia.  Tenemos en el No. 9 lo siguiente:

“… la Iglesia no excluye de las acciones litúrgicas ningún género musical, siempre que responda al espíritu de la acción litúrgica y a la naturaleza de cada parte y no impida la conveniente participación activa del pueblo”.  Y más adelante: “Cuando hay posibilidad de hacerlos debidamente, son deseables la forma más perfecta del canto y el despliegue más solemne de la ceremonia, pero estarían en contra de la verdadera solemnidad litúrgica si llevaran a omitir, a camiar o a cumplir indebidamente algunos de sus elementos…” (No. 11).

Y por esta línea quiero hacer énfasis en este otro punto:

“Evítese, cuidadosamente, que, bajo la apariencia de solemnidad, se introduzca en la celebración algo meramente profano o menos conveniente al culto divino…” (No. 13).  No lo digo yo, lo dice el magisterio de la Iglesia.

Esta instrucción, “Musicam Sacram”, podemos considerarla como el documento más importante después de la Constitución Sacrosanctum Concilium y la que actualmente rige las normas de la música en la liturgia romana de la Iglesia.  Su contenido no es menos extenso que los promulgados por Pío X y Pío XII y los temas que aborda son los mismos pero aplicados al contexto de la Iglesia actual (actualidad desde 1967): Participación de los fieles, importancia de la Schola Cantorum, Formación musical de todos, normas para los cantos de la Misa y el Oficio Divino, lengua que se debe usar, normas para la correcta elaboración de los cantos en lengua vernácula, música instrumental, etc.  En otra ocasión nos detendremos detalladamente en alguno de sus apartados.

Sólo me queda citar, y con esto termino, unos párrafos del “Quirógrafo” de Juan Pablo II.  Este pequeño documento versa sobre la música sacra a 100 años del Motu Proprio de San Pío X.  Nada nuevo que no se haya dicho:

“No puede haber música destinada a la celebración de los ritos sagrados que no sea antes ‘arte verdadero’…”. (No. 5). “Así, pues, el aspecto musical de las celebraciones litúrgicas no puede dejarse ni a la improvisación ni al arbitrio de las personas sino que debe encomendarse a una dirección bien concertada…” (No. 8), dicho por el mismísimo Juan Pablo II.  “Por tanto, también en este campo, urge (el subrayado es mío) promover una sólida formación tanto de los Pastores como de los fieles laicos” (No. 9).  ¿Qué les parece?

El último punto que voy a citar de este documento es igual al primero y sirva éste para resumir todas mis inquietudes sacro-musicales:

“Es necesario una renovada y profunda consideración de los principios en que deben basarse la formación y la difusión de un repertorio de calidad.  Sólo así se podrá permitir a la expresión musical servir de manera apropiada a su fin último que es ‘la gloria de Dios y la santificación de los fieles” (No. 12).

Amén (¡que así sea!).

Como complemento a estas primeras dos partes sobre la música sacra en el siglo XX les sugiero consultar, en este mismo espacio, la página titulada “Anarquía en la Música Sacra”

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, el 7 de julio de 2008.

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La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine (Parte I)

Noviembre 27, 2009

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

La Música Sacra en el siglo XX:

“Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine

(“Gloria a Dios en el cielo” o “Dale, Señor, el descanso eterno”).

Parte I de IV

El siglo XX fue un siglo de transformaciones musicales muy marcadas, sobre todo en lo que se refiere a la música sacra, y no precisamente han sido las más favorables y afortunadas.

Hace algunas semanas acompañé a una de mis hermanas de Orden a visitar la Insigne Nacional Basílica de Guadalupe y fue enorme la decepción que me llevé al escuchar la música que se interpreta y se ejecuta en un recinto de tal magnitud e importancia como lo es la Basílica.  Algo parecido he podido apreciar también en la Catedral Metropolitana.  No es mi intención emitir un juicio que a primera vista parecería duro o arbitrario, ni tampoco considero este espacio como el más indicado para abordar este tipo de controversias.  De cualquier forma, en esta ocasión, y motivada por dichas circunstancias, haremos un muy breve recorrido por algunos de los documentos más significativos de la Iglesia Católica sobre la Música Sacra promulgados durante el siglo XX, analizando o cuestionando nuestra actualidad.  Lo haremos muy superficialmente, como probando un poco de todo.  En otra ocasión nos detendremos en algún documento en específico y al final cada uno sacará sus propias conclusiones.

El primer documento que debemos citar es el Motu Proprio de San Pío X, promulgado en 1903.  Ya habíamos comentado algo de su contenido en otra ocasión, pero hoy quiero que nos fijemos específicamente en los siguientes puntos:

Dice el No. 1 de los Principios Generales:

“Como parte integrante de la Liturgia Solemne, la música sagrada tiene a su mismo fin, el cual consiste en la gloria de Dios y en la santificación y edificación de los fieles”.

Hasta aquí parece que todo va bien.  Sin embargo, en el No. 2 dice:

“Por consiguiente, la música sagrada debe tener en grado eminente las cualidades propias de la liturgia… la santidad y la bondad de las formas, de donde nace espontáneo otro carácter suyo: la universalidad”.

Ya aquí comienzan las dificultades.  Muchos de nosotros hemos podido constatar que, en la actualidad, la música en las Iglesias no siempre tiene esas características y esto debido a factores que diremos más adelante.  El documento toca varios temas: géneros de música sagrada, texto litúrgico, formas de composición, cantores, órgano e instrumentos, etc.  Antes de pasar al siguiente documento cito este párrafo que en lo particular me llama mucho la atención:

“Procúrese que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar el canto gregoriano para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico como solían antiguamente”.

Pero, ¿cómo hacemos cantar la gente si ni los sacerdotes ni las monjitas lo han estudiado y aun en ocasiones lo desdeñan?… Sin comentarios.

Pasamos al siguiente documento.  Este es una carta: Encíclica de Pío XII, Musicae Sacrae, que se publicó en 1955 (8 años antes del Concilio Vaticano II).  El Pontífice, después de los saludos de rigor y una larga introducción en la que hace un recorrido por la historia de la música sacra, afirma lo siguiente:

“Por impulso, y bajo los auspicios de la Iglesia, la ordenación de la música sagrada ha recorrido, en el decurso de los siglos, un largo camino, en el cual, aunque no sin lentitud y dificultad en muchos casos, ha realizado paulatinamente progresos continuos: desde las sencillas e ingenuas melodías gregorianas (que a mi parecer o son tan ingenuas), hasta las grandiosas y magníficas obras de arte…” (No. 3).

Pío XII es más extenso que su homónimo Pío X y en algunas partes confirma lo expuesto en el Motu Proprio o lo amplia y detalla.  En todo caso, un punto al que debemos prestar mucha atención es el referente a la “música religiosa”.  Pío XII hace una muy correcta diferencia entre la “música sacra”, que sería el canto gregoriano y la polifonía, y la “música religiosa” o “popular”.  Esta música se interpretaba fuera del recinto eclesial, en lengua “vulgar”, con melodías sencillas y fáciles de memorizar y que no se escapan de tener cierto aire folclórico y profano según su lugar de origen.  Se entiende con esto que estos cantos carecen de “arte y dignidad” para el culto sagrado, pero Pío XII no los reprueba (y yo me sumo a su opinión).  De hecho anota así:

“Para que estos cánticos produzcan fruto y provecho espiritual… es necesario que se ajusten plenamente a la doctrina de la fe cristiana… que utilicen una lengua fácil y música sencilla (no sé si también quiera decir ingenua)… y por último, aun siendo cortos y fáciles, presenten una cierta dignidad y una cierta gravedad religiosa”. (No. 19).

La diferencia entre una y otra es notoria y aun así se nos exige que la música religiosa sea ‘música digna’.  Pío XII propone que este tipo de cantos se interprete en acciones no meramente litúrgicas, es decir, menos serias: Procesiones, actos de piedad (Rosarios, Vía-Crucis, Novenas), peregrinaciones, Congresos Eucarísticos, catequesis, Jornadas, etc.  En cuanto a las Celebraciones Litúrgicas: Misas, Oficio Divino, Celebración de Sacramentos, Liturgias de la Palabra, etc., nada mejor que una verdadera Música Sacra llena de ‘arte y dignidad’.

Antes de pasar a los siguientes documentos me gustaría añadir algo más: Pío XII valora mucho la instrucción y la formación litúrgica y musical de los fieles y es de admirar esta afirmación que procede de su mano:

“… donde falten los medios o la habilidad competente es preferible abstenerse de tales intentos (casi dice de perpetrar la música sacra) antes que producir una obra indigna del culto divino…” (No. 18).

Ya en los últimos apartados hace un llamado a los pastores de la Iglesia en estos términos:

“Promoved y ayudad… los institutos píamente fundados para educar al pueblo (y yo añado a los mismos pastores y religiosos), en la música sagrada para perfeccionar mucho más dicho arte…; poseyendo excelentes y aptos profesores, podrán promover el conocimiento, amor y uso de audiciones de música sacra y conciertos religiosos en armonía con las leyes eclesiásticas…” (No. 24).

Todo esto dicho en 1955, ¡y parece tan actual!  Tenemos hasta aquí medio siglo XX… (Continuará…)

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, el 7 de julio de 2008.

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“La Música Sacra y la Arquitectura” (Parte II)

Noviembre 16, 2009

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda, O.I.C.

“La Música Sacra y la Arquitectura”

Parte II

Morelia 5… Los templos de grandes dimensiones pueden llegar a tener hasta los ocho segundos de reverberación, mientras que las salas de concierto están diseñadas para tener un máximo de dos segundos.  Esto cambia notablemente las piezas al escucharlas.   Pongamos un ejemplo:  El ‘Concerto Grosso’ para la noche de Navidad de Arcangelo Corelli en una sala de conciertos se aprecia hasta en sus mínimos detalles y un solo desliz de cualquiera de los instrumentos lo podemos captar con mucha nitidez.  El mismo Concierto ejecutado en una iglesia de grandes proporciones puede producir una especie de escalofrío religioso por la combinación de los sonidos y su consecuente reverberación…  De hecho hay materiales de construcción que absorben los sonidos agudos.  Tenemos algunas catedrales fabricadas a base de piedra o cantera que, si en ellas se cantan piezas polifónicas de Palestrina o de Francisco López Capillas, los sonidos más graves adquieren mayor profundidad y nos dan la sensación de estar envueltos por todos lados de estas melodías, como no sabiendo de donde provienen.  Y si pensamos en obras ejecutadas con dos o más coros, ubicados en lugares estratégicos, estamos hablando de un verdadero “efecto místico” que es en realidad el objetivo primordial que buscan las artes dentro de la liturgia cristiana.

Hay datos muy curiosos en la citada conferencia que no quiero dejar de mencionar:  “Hasta el siglo XIX los compositores teóricos estuvieron conscientes de la importancia de la relación entre música y reverberación, lo cual se hacía evidente por el hecho de que no existían espacios estandarizados de interpretación musical, ya que el sonido tenía que ajustarse a cada lugar.  Así lo muestra también la distinción acostumbrada hasta el siglo XVIII de tres estilos (o géneros) musicales: de iglesia, de teatro y de cámara, referidos tanto a un elemento artístico como a otro acústico.  El estilo de música se determinaba según el lugar y el tiempo, donde y cuando se interpretaba…”

Desde esta perspectiva podemos comprender el porqué grandes músicos y compositores como Wagner, Stockhausen, Xenakis y Boulez hicieron sus propios diseños de los espacios donde se ejecutaban sus obras.  Para ellos no sólo era importante la correcta interpretación musical sino los efectos anímicos que puede despertar en los oyentes con estas determinadas características.

SegoviaAhora bien, en palabras nuevamente del musicólogo podemos, por tanto, afirmar que “la audición y la recepción de la música sacra está condicionada no sólo por el repertorio musical específico que pide la liturgia en diferentes ocasiones, sino también por las condiciones acústicas del templo que colaboran a acentuar la espiritualidad…”

Los grandes constructores, desde el siglo IX hasta el XVII y aún parte del XVIII supieron diseñar estos espacios para lograr “la experiencia de lo sagrado” y por su parte los músicos supieron sacar provecho de las posibilidades acústicas del lugar y lograr, con sus amplios conocimientos, el mismo efecto anímico y sensorial.

Me llama mucho la atención este aspecto que fue principalmente patrocinado por la Iglesia durante siglos y que, a pesar de las grandes evoluciones que tuvo la música sacra a partir de la segunda mitad del siglo XVIII y sobre todo con el romanticismo y el impresionismo del siglo XIX, siempre se mostró celosa en el objetivo principal de su liturgia con sus ritos y ceremonias.  Sin embargo, debido a las reformas conciliares de mediados del siglo XX, una mala lectura de sus documentos y una libertad mal entendida, han dado pie a que arquitectura y música sacra se hayan convertido dentro de la misma Iglesia en dos disciplinas casi divorciadas y que prácticamente se contemplen la una sin la otra.  Y es como para lamentarse.  En un templo, con una reverberación de unos 4 ó 5 segundos, escuchar un grupo de guitarras acompañando a los que buenamente se animan a cantar, puede llegar a ser estridente sobre todo para un oído y un ánimo habituado a los efectos místicos que había en otros tiempos.  La música no va de acuerdo a las características del lugar.  Y ¿cómo se escucharía un coro medianamente preparado cantando y ejecutando obras monódicas y polifónicas en un templo de factura moderna donde poco o nada se ha tomado en cuenta las posibilidades sonoras que la música sacra puede ofrecer?  ¡Habría que escucharlo!

Yo soy de la opinión que cada cosa en su lugar y en su debido tiempo, claro está, con una apropiada elasticidad que nos permita la suficiente libertad para expresarnos adecuadamente.  Es decir, en palabras evangélicas “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”: la música de concierto se escucha mucho mejor en las salas o teatros diseñados para ella y la música sacra se puede apreciar y asimilar mejor en los templos, iglesias o catedrales, dejando el folklor para los espacios abiertos.

iglesia de san MarcosY cabe otra pregunta:  la música cumple plenamente todas sus metas cuando se ven realizados los objetivos del compositor, tomando en cuenta todos los aspectos de la persona, del tiempo y del lugar, pero ¿qué tan válido resulta ejecutar obras fuera de los ámbitos para las que fueron hechas?  La música, en su forma y estructura, pierde poco pero habría que cuestionarnos sobre su textura, su expresividad y su sonoridad.  Hemos visto a directores como Daniel Barenboim dirigiendo obras de Ravel al aire libre, frente a unos dos mil espectadores; o a grandes tenores dando conciertos en estadios de fútbol y hasta cantando obras del repertorio sacro,… ¿es válido?  Sin duda es un método excelente para llegar a toda clase de público, sobre todo al que no está habituado a la música de concierto pero valdría la pena analizarlo y probar otras opciones para captar los oídos de los no especializados.  De todas formas me parece que este tipo de polémicas estarán siempre en las mesas de debates de los ‘ortodoxos’ y los ‘liberales’ del plano musical…

Artículo publicado en www.clasicamexico.com el 3 de octubre de 2009

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“La Musica Sacra y la Arquitectura” (Parte I)

Noviembre 10, 2009

Syrigma

Por Sor Beatriz Alceda, O.I.C.


“La Música Sacra y la Arquitectura”

Parte I

Hace algunos días, buscando un tema de qué escribir para Clásica México me topé con el escrito de una conferencia que dio hace años el musicólogo, historiador e investigador José Antonio Robles Cahero en un panel sobre ‘Poética en los Espacios Sagrados’.  Debo confesar que cuando esta conferencia llegó a mis manos le di una leída muy superficial centrando toda mi atención en la segunda parte de la misma.  Después la guardé.  Toparme con ella fue uno de esos redescubrimientos que lo hacen sentir a uno como si hubiera encontrado una joya guardada por mucho tiempo.  El título es: “Sonido, Silencio y Espacio: la Música Sacra y la Arquitectura”.  No pretendo hacer un resumen de esa larga intervención del Maestro Robles Cahero en el II Congreso Arquidiocesano de Música pero sí quiero resaltar algunos puntos clave, sobre todo de la primera parte del escrito, y apuntar unas cuantas opiniones.

claustro 2La conferencia está estructurada en dos partes aunque dudo que el Maestro Robles haya tenido directamente esa intención.  La primera parte versa sobre los recintos sagrados tanto en su arquitectura particular como en su acústica; y la segunda parte, ya menos extensa, se va por las vertientes de la música sacra, sus peculiaridades específicas dentro de la música de concierto y sus avatares dentro de la historia hasta su actual decadencia.  Nos vamos a centrar en la primera parte dado que es la que más me llamó la atención y porque el análisis de la música que hace en la parte segunda ya lo hemos abordado en otras ocasiones.

Cito a Robles Cahero: “Al entrar a un templo (alguno de las grandes religiones del mundo), ocurre una especie de milagro: pasamos del mundo profano de nuestra existencia al mundo de lo sagrado, ingresamos al espacio y al tiempo de la divinidad, transitamos del más acá al más allá…  Incluso los no creyentes pueden llegar a sentir algo distinto en un espacio sagrado, que los lleva a guardar silencio y a asumir una actitud diferente a la que acostumbran en sus espacios cotidianos…  La percepción espacial y temporal que produce la experiencia de lo sagrado es creada, en cierta medida, por la arquitectura del templo…”

iglesia de Santa ClotildeHay que recordar que, por lo menos en occidente, debemos al cristianismo (sobre todo a la Iglesia Católica y en cierto modo a la Protestante) el florecimiento de la arquitectura y de la música, además de la pintura y la escultura.  No olvidemos que desde tiempos inmemoriales estas disciplinas, junto con las matemáticas, eran estudiadas en conjunto, es decir, alguien que sabía de música, también solía ser experto en matemáticas y en arquitectura y viceversa.  Así, encontramos que grandes arquitectos y constructores de Iglesias y Catedrales no sólo tomaban en cuenta las dimensiones, el material y los recursos económicos disponibles, sino que sabían medir las posibilidades acústicas que se podrían obtener usando este u otro material o ajustando el tamaño de las bóvedas o del mismo recinto.  Sus espacios eran diseñados para que la música, al ejecutarse, cumpliera su función litúrgica y oracional entre los fieles.  Con estos conocimientos se construían grandes Iglesias, sumamente meditadas sobre todo para obtener un efecto “místico” tanto en lo visual, lo sensorial y en este caso específico lo sonoro.  De hecho, el maestro Robles habla ampliamente y en detalle sobre la reverberación de los templos.  La reverberación es el efecto producido durante un breve tiempo y en el cual un sonido o grupo de sonidos continúan escuchándose después que estos han dejado de emitirse.  Esto puede durar en promedio entre uno y ocho segundos dependiendo de la estructura del lugar.  Podríamos pensar que con la técnica moderna es posible medir la reverberación con exactitud pero hay datos bastante bien fundados en que desde la Edad media y luego en el Renacimiento se tuvo en cuenta todos estos efectos sonoros.  Todo va a depender de la sagacidad del o los arquitectos… (Continuará…)

Artículo publicado en www.clasicamexico.com el 3 de octubre de 2009

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“Sor Juana Inés de la Cruz” (Parte III)

Octubre 31, 2009

Syrigma

“Sor Juana Inés de la Cruz”

Parte III – Conclusión

Sor Juana Inés 8Podría extenderme mencionando muchos ejemplos más sobre las obras de Sor Juana en referencia a temas musicales pero los que hemos comentado con anterioridad me parecen suficientes para comprender, aunque sea muy superficialmente, la genialidad de la monja en lo que a la música se refiere. Nadie sabe a ciencia cierta si Sor Juana Inés ejecutaba algún instrumento, probablemente sí. Lo que es cierto es que en su celda había varios instrumentos musicales, tanto raros como comunes, que ella utilizaba tanto para estudiar como para experimentar: sonidos, efectos acústicos, relaciones matemáticas, nuevas armonías, etcétera, poniendo en práctica todos los principios de Pitágoras.

Además es sabido que ella solía preparar las tertulias que tenían lugar en el locutorio del Monasterio para agasajar a los Virreyes o a los confesores. Estas reuniones se caracterizaban por su mesa bien servida y por la música que se tocaba y las representaciones teatrales que hacían las mismas monjas junto con las niñas que se educaban entre ellas. Desde tiempos inmemoriales hasta nuestros días, este tipo de festejos para las Abadesas o para los grandes eclesiásticos han sido de común tradición en todas las Órdenes religiosas. Yo misma los organizo en mi propia comunidad: Conciertos musicales, a veces intercalados con alguna obra de teatro y mucha poesía.

En plena madurez literaria, Sor Juana, alentada por el Obispo de Puebla criticó un sermón del P. Vieyra, un jesuita de gran peso doctrinal que lo había predicado años antes. La monja lo impugnó sosteniendo lo relativo a los límites entre lo humano y lo divino, entre el amor de Dios y el de los hombres. Esto sólo fue la gota que derramó el agua de un vaso que desde hacía tiempo estaba colmado: tanto los confesores como el Arzobispo no querían que Sor Juana siguiera dedicándose a las letras y la conminaron a dejar de escribir y dedicarse a su vida monacal.  Méndez Plancarte dice que Sor Juana obedeció y se entregó de lleno a la disciplina religiosa y a su comunidad. Octavio Paz asegura que, aunque ya no escribía para la corte ni para las Iglesias Catedrales, ella seguía escribiendo en su celda. La prueba la tiene que al morir ella fueron encontrados algunos romances entre los pocos papeles que todavía tenía entre sus cosas. No lo sabemos con certeza. Pero quisiera concluir con unos versos de Sor Juana Inés que están tomados del Villancico XI de la fiesta de Santa Catarina de Alejandría, 1691 y que claramente se ve reflejado su pensamiento y su sentir en cuanto al saber y a las letras se refiere:

Érase una niña,

cómo digo a usté,

cuyos años eran

ocho sobre diez…

Ésta (qué sé yo

cómo pudo ser),

dizque supo mucho

aunque era mujer…

Porque, como dizque

dice no sé quién,

ellas sólo saben

hilar y coser…

Y aun una Santita

dizque era también

sin que le estorbase

para ello el saber…

Sor Juana Inés 5Sor Juana Inés de la Cruz murió el 17 de abril de 1695, víctima de una epidemia que diezmó a la Ciudad de México. Dos años antes había malbaratado su vasta biblioteca, junto con todos sus instrumentos musicales y sus artefactos de estudio y experimentación y entregó el dinero al Arzobispo Francisco Aguiar y Seijas para que lo repartiera entre los pobres. No había cumplido los 47 años y sin embargo nos legó una obra inmensa e invaluable que será muy difícil abarcarla o agotarla. Los espero en la siguiente aventura sacro musical.

 

(Todas las obras citadas en este artículo están tomadas de: Sor Juana Inés de la Cruz, Obras Completas, editorial Porrúa.)

“No soy yo la que pensáis,

sino es que allá me habéis dado

otro ser en vuestras plumas

y otro aliento en vuestros labios…”

(Sor Juana Inés de la Cruz)

Artículo publicado en www.clasicamexico.com el 19 de enero de 2009

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“Sor Juana Inés de la Cruz” (Parte II)

Octubre 21, 2009

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

Sor Juana Inés de la Cruz:

“La Décima Musa de México”

Parte II

Sor Juana Inés 2La época en que vivió Sor Juana estuvo caracterizada en su literatura, (e inclúyase también la música, pintura, escultura y demás artes) por el conceptismo y más específicamente el culteranismo que tiene como objetivo impresionar y confundir con lo laberíntico, sensorial y disperso de las expresiones.  Se aplica fundamentalmente al verso y en realidad no pretende explicar hechos o cosas sino deleitar con el constante ejercicio intelectual del enigma.  En pocas palabras, es el arte barroco en todo su apogeo en el que las obras se vestían con un ropaje suntuoso y opulento para luego gozar en desmenuzarlo y casi desnudarlo.  Que por cierto, al respecto ha dicho un autor que “en tal época hablar claro era un pecado”.  En fin, podemos decir así que la producción de Sor Juana, en su gran mayoría poética de carácter profano y religioso, fue presa de toda esta afectación pero a la vez hallamos en ella una gran sinceridad y fuerza inigualables por ninguno de sus contemporáneos.

Quiero hablar particularmente de unos versos de la monja que se refieren específicamente a la música, sobre todo por ser éste un espacio dedicado a la música sacra.  En aquella época la música jugaba un papel muy importante dentro de la liturgia de la Iglesia, además de que dentro de la sociedad, muchas de las formas de diversión y entretenimiento que había, incluían la música, ejecutada y cantada en las reuniones familiares o sociales.  Se sabe que Sor Juana tenía conocimientos de música o por lo menos había estudiado lo suficiente como para abordar el tema en sus poesías y hasta lanzarse a escribir un tratado sobre armonía (desafortunadamente desconocemos el destino que este tratado tuvo).  Asombra sobremanera el dominio que tenía en las diferentes ciencias y materias, desde las más sencillas y cotidianas como son las frutas y verduras, hasta la astronomía, la medicina y la arquitectura.  Sor Juana no desaprovecha ninguna ocasión para hacer gala de sus conocimientos, sus investigaciones y sus descubrimientos.  Lo mismo habla de un portero con sus llaves (Villancico VIII a san Pedro Apóstol, 1677), que de garbanzos, camotes y requesón (Villancico VIII para la Asunción, 1685) o de herbolaria (Villancico IV a la Concepción de María, 1676).  Y lo mismo digamos de joyas, de astros, de flores, de los elementos, de medicina, de gramática, de marineros, de animales,  y de un etcétera interminable sin tomar en cuenta su dominio de la liturgia de su época y de los textos sagrados.  Las contraposiciones son su especialidad (Villancico III a la Asunción, 1679).  Con respecto a la música tenemos una cantidad bastante considerable de ejemplos que nos ponen de manifiesto su interés por esta disciplina y sus conocimientos, algo más que básicos.  El primer ejemplo lo tenemos en el Villancico IV del segundo nocturno de la Fiesta de la Asunción, del año 1676.  Me permito poner algunos fragmentos para darnos una idea de cómo trabaja Sor Juana el tema de la música:

¡Silencio, atención,

que canta María!…

Hoy la Maestra Divina,

de la Capilla Suprema

hace ostentación lucida

de su sin igual destreza

Ya desde sus primeros versos, el villancico nos propone a la Virgen María como la gran Maestra de Capilla, título que sólo los músicos ‘hombres’ pueden llevar en las Iglesias Catedrales o Iglesias mayores, pero que se refiere obviamente a la importancia que la Virgen tiene en la corte celestial.

Desde el ‘ut’ del Ecce ancilla,

por ser el más bajo, empieza,

y subiendo más que el ‘Sol’

al ‘la’ de Exaltata llega.

Sor Juana escribe para entendedores:  el ‘ut’, equivalente a nuestro ‘Do’ de la escala melódica, es la nota más baja.  Ella coloca en labios de la Virgen lo más bajo de la escala para simbolizar la respuesta que le dio al ángel en la anunciación: “yo soy la esclava del Señor,…” que es lo más bajo que puede uno ponerse delante de los demás.  Y más adelante dice: “subiendo más que el Sol…”, dándonos a entender que, con el ‘la’, que es la nota más aguda de la escala hexacordal, llega a ser exaltada por encima de todas las criaturas terrestres y celestes.

El villancico sigue haciendo contraposiciones muy propias de la época pero que sin duda nos demuestran hasta donde había llegado Sor Juana en el estudio de la música.

En especies musicales                                       (es decir, en temas de música)

tiene tanta inteligencia,

que el contrapunto de Dios                              (recordemos que el contrapunto era el recurso más utilizado en aquella época, pero uno de los más complicados de lograr en la composición).

dio en ella la más Perfecta…                           (Perfecta en ambos sentidos: en cuanto a ser notas e intervalos perfectos, muy acordes con la perfección divina, y Perfecta en cuanto a ser una criatura hecha con toda perfección)

Tenemos muchos más ejemplos.  Sor Juana sabe que la música provoca todo tipo de emociones y que los estados de ánimo muchas veces están sujetos a lo que los oídos y la mente van captando.  Una jácara del segundo nocturno de la Concepción de María del año 1676 comienza de esta forma:

¡Oigan, miren, atiendan

lo que se canta,

que hoy la Música viene

de mucha gracia!

Nada mejor que despertar a los que participan en la celebración (hay que recordar que los maitines se celebraban a media noche), con unos versos que sin duda llevarían una música solemne y majestuosa.  Sor Juana incluye con frecuencia en sus nocturnos algunas ensaladas o jácaras que incluyen constantemente coplas.  Aquí tenemos la introducción a unas coplas tomadas del Villancico VIII, del tercer nocturno de la fiesta de la Asunción del año 1679.  De forma amena nos narra cómo un grupo de niños (Seises, que eran grupos de seis niños cantores) hacen gala de su espontaneidad infantil:

Los Seises de la Capilla

en docena con su canto

se metieron, y dos Seises

una docena ajustaron.

Y por no haber quién hiciese

los Villancicos, a mano,

de los Versículos mismos

este juguete formaron:…

Además, algo digno de tomarse en cuenta, es la tendencia que tiene Sor Juana a la perfección.  En los siguientes versos hace eco de un salmo de la Biblia (Salmo 46) que dice: “Porque el Señor es el Rey de la gloria, cántenle sabiamente), al igual que un sermón de San Agustín donde habla sobre la forma de cantar a Dios: con belleza y dignidad.

Para cantar con decoro

las maravillas que caben

de Pedro en el gran Tesoro,

todos dirán lo que saben

y yo sólo lo que ignoro…

Serafines alados

alegres canten

las grandezas de Pedro,

pues ellos saben

con Angélicas voces

sólo alabarle;…

(Villancico II del primer nocturno de la fiesta de San Pedro Apóstol, 1683)

En general, los villancicos que Sor Juana componía solían cantarse en las festividades para las cuales fueron compuestos, ya sea en la Catedral Metropolitana, en la Catedral de Puebla o en la de Oaxaca.  Es por eso que, a mi juicio, la monja seguro dominaba las notaciones y los patrones rítmicos predominantes en la época (pies rítmicos como binarios y ternarios, así como longas, breves, semibreves, o la semitonía subintellécta, etc.), para poder facilitar a los músicos el trabajo de composición de las melodías… (Continuará…)

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, el 19 de enero de 2009