“El Órgano en México” (Parte III)

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda, O.I.C.

Historia, Compositores, Organeros, y Organistas notables de México, Repertorio y situación actual…

Parte III de IV

Hablemos ahora de la estructura del órgano mexicano.  Estos instrumentos eran del todo parecidos a los construidos en España.  Me voy a tomar la libertad de citar unos textos que publiqué en semanas pasadas en este mismo espacio para señalar sus características:

“… los órganos españoles.  Estos órganos en su origen fueron muy semejantes a los órganos italianos: un solo teclado, sin pedalero o a lo más algunas teclas que se accionaban con los pies para tocar notas bajas, etcétera.  Es raro encontrar órganos españoles con dos o más teclados pero todos conservan los ‘registros cortados o partidos’.  Una de sus más peculiares características es la disposición de la ‘trompetería’ o ‘registros de batalla’.  Estos tubos los encontramos horizontalmente, casi siempre por encima del organista (y que en ocasiones puede resultar molesto por la fuerza que tienen al emitir el sonido).  La ubicación de los órganos españoles puede ser muy variada: los encontramos en el coro alto de los templos, o en la parte delantera; también los hay de ‘nido de golondrina’ o colocados a ambos lados del altar o de la nave, como un doble órgano, cada uno con su trompetería horizontal, como lo están las catedrales de Sevilla, Toledo o la de México.  Es una delicia escuchar este tipo de órganos.  Personalmente he podido escuchar a dos organistas tocando simultáneamente ‘las batallas’, que eran una especia de “duelo musical” entre los dos organistas, música muy popular en España.  Los principales compositores en España fueron Cabanillas, Antonio Cabezón, el Padre Soler, Correa de Arauxo y muchos más.

La historia del órgano en América, está estrechamente relacionada a la colonización del continente por los franceses, ingleses, portugueses y obviamente los españoles.  La existencia de órganos en el nuevo continente se ha comprobado solamente a partir de los años 1700 aunque tengo datos de que probablemente desde mediados del siglo XVII ya existían órganos de pequeñas proporciones en algunos templos.  Los órganos históricos en México delatan inmediatamente su origen español.  Todos tienen su trompetería horizontal y un solo teclado con ‘registros partidos’.  Desafortunadamente muchos, la mayoría, de ellos están en muy malas condiciones o en un estado lamentable.  Pocos son los órganos que se han salvado de la destrucción o que se les ha podido restaurar convenientemente.  Tenemos los órganos de las Catedrales, tanto la Metropolitana como la de Puebla, el órgano de la Iglesia de Santa Prisca en Taxco, Guerrero, en órgano de Santo Domingo, en el D.F., el órgano de la Catedral de Oaxaca o algunos órganos en Guanajuato, en Tlaxcala, en Morelia, en Querétaro y en otros lugares más.  Pero de igual forma me he encontrado con órganos que casi podríamos rezarles un Réquiem, como por ejemplo el órgano (o lo que queda de él) de la iglesia de Regina Coeli, en el D.F…” (Para más información sobre los órganos y su repertorio visite:  www.lamusicasacra.wordpress.com/2009/08/02/“el-organo-y-el-repertorio-organistico”/ )

Y hay casos peores. Hace poco me enteré que en algunos lugares, al órgano tubular (o lo que queda de él), se le ha sometido a un proceso de ¿restauración?, y lo que en realidad hacen es vaciar prácticamente todo el complejo de tubos que hay en el interior del instrumento y poner en su lugar una especie de sintetizador que imita los sonidos del órgano.  A juicio de los verdaderos organeros y al mío propio, esto es un verdadero ‘organicidio’, una ‘barbarie’.  Sólo en un país como el nuestro se pueden dar estas arbitrariedades a la vista de todos…  ¡Es una pena!… (Continuará…)

“El Órgano en México” (Parte II)

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda, O.I.C.

“El Órgano en México”

Historia, Compositores, Organeros y Organistas notables de México, Repertorio y situación actual…

Parte II

En cuanto al repertorio del órgano mexicano es de todos sabido que la música organística en México se desarrolló principalmente dentro del ambiente litúrgico.  Durante los siglos del Virreinato casi toda la literatura organística estaba compuesta estrictamente para actos litúrgicos como la misa y el oficio divino.  El órgano siempre se ha incluido tanto para apoyar el canto, sea sosteniendo la armonía de las voces en la música polifónica, o para alternar su participación como solista con los otros elementos de la celebración.  De hecho, hasta el día de hoy, el órgano no sólo acompaña las partes cantadas de la misa o del oficio, sino que aporta la música ‘ambiental’ propio de cada momento o de cada tiempo, ya sea como solista o acompañado con otros instrumentos.  En los siglos del Renacimiento y del Barroco, en todas partes, tanto de Europa como de América surgieron piezas como los ‘tientos’, las ‘batallas’, las ‘fugas’, las ‘glosas’, los ‘pasacalles’, las ‘tocatas’ y una inmensa cantidad de versos sobre algunos trozos específicos del evangelio como las piezas sobre el ‘Magníficat’, el ‘Benedictus’ y el ‘Nunc Dimitis’.  Además tenemos infinidad obras compuestas sobre los himnos como: ‘Ave maris Stella’, ‘Pange lingua’, ‘Ite Confesor’, ‘Veni Creator’, ‘Salve Regina’, sólo por nombrar algunos.  A todo esto le sumamos un sinnúmero de ‘Kyries’ y demás partes de la misa y las famosas ‘sonatas de iglesia’… tenemos un repertorio sumamente extenso y variado para las diferentes celebraciones.

Desafortunadamente en México sólo poseemos dos testimonios de la literatura organística mexicana de la época virreinal. Según los datos que nos ofrece el Maestro Juan Manuel Lara Cárdenas, musicólogo e investigador del CENIDIM (Centro Nacional de Investigación y Documentación Carlos Chávez, Centro Nacional de las Artes), tenemos un ‘Libro de los 11 Tientos’ atribuidos a José de Torres y Martínez Bravo (1665-1738) y que perteneció al Convento de las monjas concepcionistas de la Santísima Trinidad en Puebla, s. XVIII, hoy extinto.  El otro libro fue recientemente encontrado y es un ‘Cuaderno de Tonos de Maitines de Sor María Clara del Santísimo Sacramento’ y que ahora pertenece al Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Oaxaca.  Éste ‘cuaderno’ contiene una selección de versos organísticos anónimos coleccionados por la misma monja para ser ejecutados en el oficio divino de su convento.  Llama la atención los ocho tonos eclesiásticos en que están compuestas las obras, que es tal y como los practicaban los músicos ‘galantes’ del siglo XVIII, ‘según su concepto melódico y armónico del canto llano’.  Hay que hacer notar que seguramente la monja María Clara no sólo sabría ejecutarlos sino que muy posiblemente tenía estudios bastante aceptables de música, tal vez dominaba las notaciones y los patrones rítmicos predominantes en la época (pies rítmicos como binarios y ternarios, así como longas, breves, semibreves, o la semitonía subintellécta, etc.), para poder dar un servicio eficiente en su comunidad. ¡Qué tiempos aquellos!

Todos los demás documentos sobre obras organísticas de que se tiene noticia están desaparecidos o seguramente pertenecen a la colección particular de algún rico que ignora su valor histórico y musical.  Y tomemos en cuenta que todos los organistas que hemos mencionado y muchos más, que por espacio no es posible nombrar, fueron compositores, por lo menos en su gran mayoría. Es lamentable que  no se conserven documentos salvo algunos muy contados pertenecientes al siglo XX… (Continuará…)

“El Órgano en México” (Parte I)

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

“El Órgano en México”

Historia, Compositores, Organeros y Organistas notables de México, Repertorio y situación actual.

Parte I



Hace algunos días estuve en Morelia participando en un Congreso de Música Litúrgica y tuve la fortuna de convivir con algunos organistas notables de México además de asistir a conferencias y talleres que organiza anualmente el Departamento de Música Litúrgica de México.  El tema central del Congreso fue el estudio y la profundización de la Liturgia de las Horas.  Sin embargo los temas y talleres que, por razones obvias, me llamaron más la atención fueron sin duda los referentes al órgano en todos sus aspectos.  Además de tener la oportunidad de conocer lugares y órganos históricos, pude tomar talleres y compartir interesantes charlas con algunos de los grandes del órgano en México (Víctor Contreras, Josué Gastellou, José Francisco Álvarez y otros).  Fueron unos días inolvidables y muy enriquecedores.  Es por eso que en esta ocasión, tomando como base toda esta experiencia quiero retomar un tema bastante abordado por mí en este espacio: el órgano, pero en esta ocasión hablaremos específicamente del Órgano en México, su historia, su repertorio, algunos de sus organeros, compositores y organistas más notables y su situación actual.

El órgano en México, como todos sabemos, procede directamente de la herencia española, llegada a América en el siglo XV y XVI.  Recordemos que por estos años la música franco-flamenca se encontraba en el punto culminante de su florecimiento y esto incluía por supuesto el repertorio organístico y la organería de tradición ibérica en general.  De hecho, en estos siglos, encontramos Catedrales y Monasterios en España bien institucionalizados y en cuyos recintos se tenía la enseñanza de música (canto llano y canto de órgano o polifonía), así como la construcción de todo tipo de instrumentos incluyendo el órgano.  Es así como en el siglo XVI comenzaron a construirse en América y muy específicamente en México algunos órganos, todos ellos semejantes a los españoles.  Dondequiera que se asentaron los colonizadores (México Tenochtitlán, Puebla de los Ángeles, Oaxaca, Valladolid, Tlaxcala,, Guadalajara, Durango, etc.), como parte integrante de su cultura ibérica, junto con la religión, el idioma, el sistema sociopolítico y económico, las artes, la imprenta, llegó también la música.  De hecho tengo aquí una nota de Robert Stevenson que dice más o menos así: “Ninguna nación del continente Americano puede preciarse como México de ser heredera de la música renacentista y barroca europea”, y esto incluye indudablemente el órgano.

Con el paso de los años los mismos indígenas comenzaron a construir verdaderos órganos hechos con materiales puramente mexicanos pero siempre bajo la supervisión de los maestros españoles, tanto en las Catedrales e Iglesias como en los Conventos.  Un dato que llama mucho la atención en los escritos de Fray Juan de Torquemada es que “casi todas las iglesias gobernadas por órdenes religiosas cuentan con un órgano instalado”.  Esto nos demuestra hasta qué punto era importante la música en la evangelización y en la vida religiosa y política del Virreinato.  Se dice que hacia 1543 el cabildo catedralicio de la ciudad de México comenzó a contratar “ministriles”, es decir instrumentistas, para solemnizar las ceremonias litúrgicas.  Es más, hacia 1556 llegó Lázaro de Álamo, quien fue el primer maestro de capilla “profesional” que tuvo la catedral y con él inició el esplendor musical de la misma que perdurará todo el tiempo del virreinato.  Durante este período el archivo de la Catedral se enriqueció con múltiples obras de los más grandes músicos y compositores de la época, tanto españoles como nacionales.  Este repertorio incluye obras para la liturgia y material didáctico además de que nos da una muestra de ‘una sociedad culta, refinada, sensible y receptiva’.

Volviendo al tema que nos ocupa, al aumentar el número de órganos en la ciudad, fue necesaria la preparación de organistas calificados que pudieran acompañar y sostener el canto de la comunidad y de la capilla musical tanto en las catedrales como en los monasterios.  Es sabido que en todas las Catedrales e Iglesias importantes el cargo de organista se obtenía por medio de rigurosos exámenes de oposición, como lo hacían para seleccionar al Maestro de Capilla.  Ambos cargos eran de gran importancia porque cualquiera de los dos debía ser verdadero maestro en el arte, un gran ejecutante de algún instrumento (preferiblemente del órgano), maestro en composición, en enseñanza, culto en todos los aspectos y en ocasiones hasta organero para poder estar al pendiente de las necesidades del órgano.  Muchas veces el Maestro de capilla era organista al mismo tiempo y viceversa.  Tenemos, pues, que durante los siglos XVI, XVII y XVIII sobresalieron grandes maestros y grandes constructores, el gran esplendor de la música Virreinal de México y de América.  Podríamos dar una larga lista de organeros y organistas, la mayoría de ellos compositores o maestros de capilla que dejaron su particular huella en la historia musical de nuestro país.  El primer nombre que tenemos noticia es Francisco del Castillo, organista y organero, constructor del órgano de la primitiva Catedral de México del siglo XVI.  En cuanto a organeros y curadores del siglo XVII podríamos nombrar a Francisco Hernández de Porres, Agustín Jerónimo de Aragón y Diego de Cebaldos, Tiburcio Sanz de Izaguirre y su hermano Félix de Izaguirre como muestra de una larga lista.

La figura principal del siglo XVIII es José de Nazarre, cuyos órganos, dicen los historiadores, llegaron a ser los más importantes que se construyeron en América ‘por sus dimensiones, mecanismo y sonoridad’, claro, sin desdeñar a figuras como Joseph Casela y su hijo Gregorio Casela, Francisco Peláez de Ugarte y otros más.

Y si han sido importantes los constructores de órganos, no menos lo son los ejecutantes del mismo que en muchos casos fueron grandes virtuosos del teclado.  La lista es larga y si mencionamos sólo algunos no es que desdeñemos a los demás.  Tenemos por ejemplo, hacia 1539 al español venido a México, Antonio Ramos que fue organista y maestro de capilla de la Catedral de México.  Hay una larga lista de europeos venidos a América y que se asentaron en las grandes ciudades para ostentar cargos en las iglesias Catedrales.  Hacia el siglo XVII ya encontramos organistas nacidos en nuestra patria como lo fueron Juan Ximeno, Luis Coronado, Fabián Pérez Ximeno y el ilustre Francisco López Capillas.  Éste último nació en la capital del Virreinato y antes de ser maestro de capilla de la Catedral de México fue organista, bajonero y cantor en la Catedral de Puebla.  Es famoso por sus obras polifónicas y es de notar que fue el primer Maestro de Capilla nacido en tierras mexicanas que tuvo la Catedral Metropolitana.  Fue contemporáneo de Sor Juana Inés de la Cruz y de Juan Ruíz de Alarcón.  Tenemos en el siglo XVIII a Antonio de Salazar, Joseph de Ydiaquez, Juan Manuel de Sumaya, sólo por mencionar algunos…  (Continuará)

“Benedetto Marcello”

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

“Benedetto Marcello”

De entre las obras más populares que se suelen programar en las salas de conciertos figura el 2º movimiento, Adagio, del Concierto para Oboe en Re menor de un compositor italiano de la época barroca: Alessandro Marcello.  Sin duda es una de las obras más poéticas que se han escrito en el siglo XVIII.  Por mucho tiempo se pensó que el compositor había sido el hermano de éste, Benedetto Marcello, pero gracias a las investigaciones que se han realizado en los últimos decenios, podemos afirmar sin lugar a dudas quién fue el verdadero compositor.  De cualquier forma en esta ocasión quiero referirme a éste último, Benedetto Marcello precisamente porque fue un organista virtuoso y gran compositor de música sacra.

Benedetto Marcello nació  en 1686 de noble familia.  Al parecer la educación artística constituía una gran tradición en el seno de los Marcello por lo que él, junto con sus hermanos Alesandro y Girolamo, cultivaron la música y la poesía, al igual que su padre, Agostini, que se dice era un excelente violinista y su madre Paolina Cappello que era pintora.  La educación en casa de los Marcello era estricta, casi rígida.  Se dice que Agostini exigía que sus hijos compusieran ocho o diez versos cada mañana y cada noche, algo que nos parecería exagerado, pero, era tal su exigencia, que no concedía ningún permiso si al solicitarlo, la petición no era formulada mediante versos.  Parece, sin embargo, muy raro que, al llegar Benedetto a los dieciséis o diecisiete años y descubrir su vocación por la música, su padre se opusiera tenazmente a hasta tal extremo de llegarle a quitar el papel pautado para evitar que su hijo compusiera.  Como es natural a esa edad Benedetto no respetó la prohibición de su padre y dedicó tres años de estudios musicales intensos.  Suponemos que la oposición paterna se debía a que las artes eran consideradas un ornamento y no una profesión.  Es por eso que Benedetto fue visto siempre como un aficionado ya que no obtenía ganancias de sus composiciones, a pesar de que sus conocimientos musicales eran superiores a los de cualquier profesional.

Después de haberse dedicado al estudio de la música tuvo que emprender una carrera administrativa, sobre todo porque era algo obligado para alguien como él que provenía de la nobleza.  Se dice que practicó la abogacía durante algún tiempo.  A los veinticinco años lo encontramos en Venecia, como magistrado, y en 1716 en el Supremo Consiglio dei Quaranta, donde permaneció por algo más de catorce años.  Es en este periodo en el que compuso la mayor parte de sus obras musicales de géneros muy diversos: Serenatas, Oratorios, Sonatas para flauta y para clavicémbalo, conciertos, composiciones polifónicas, y muchas obras más.  Una de las más importantes fue L’Estro poetico armonico, en el que aparecen entonados, a una o más voces con acompañamiento de instrumentos, los primeros cincuenta Salmos de la Biblia.  Son ocho volúmenes los que constituyen esta gran obra y aparecieron entre 1724 y 1727.  Se dice que Benedetto fue tras los indicios de cuantas tonadas antiguas de salmos originales pudo obtener de los hebreos contemporáneos suyos, que según estos afirmaban saber de boca de sus mayores y que aseguraban habían sido usados en el templo de Jerusalén.  Es muy poco probable, pero no dudamos de su buena voluntad.  A mi parecer, su intención no era únicamente reproducir las tonadas originales, sino sobre todo ofrecernos un modelo de interpretación del texto en forma de un recitativo intensamente dramático que ya se había utilizado en el siglo anterior y que en Venecia, ya fascinada por la ópera, había olvidado en su totalidad.

Como era de suponerse y después de tan rígida formación, Benedetto Marcello también dedicó un buen tiempo para escribir versos, ya sea de carácter amoroso como el titulado Diantre Sarceo, o ya sea de carácter sacro, como por ejemplo, la colección de Sonetti a Dio, de 1731.

Hacia 1725 encontramos a Benedetti Marcello en Roma como maestro de la Accademia dell’Arcadia y aquel mismo año, su Serenata de cantarsi per uso i scena se representó en Viena con ocasión del cumpleaños del emperador Carlos VI.  En 1728 se casó con Rosanna Scalfi, una mujer del pueblo, y mantuvo en secreto el matrimonio para no contravenir la costumbre que prohibía semejantes uniones.  Fue entonces que le ocurrió un incidente que marcó un parte-aguas en su vida:  mientras se encontraba en la iglesia de los Santos Apóstoles, la losa de un sepulcro cedió y él cayó hasta media pierna en la tumba.  Benedetto consideró este suceso como una premonición de la Providencia que lo advertía de próxima muerte y lo llamaba a regresar a la fe.  Se dice que a partir de entonces, se volvió muy escrupuloso y timorato hasta el punto abstenerse de componer música y fue presa de auténticas crisis de “misticismo”, que era algo muy en boga en la gente “piadosita” del siglo XVIII.  En compensación se dedicó a escribir un poema bastante amplio acerca de la Redención.  Sin duda es bello pero no ofrece nada nuevo a la fe y al dogma cristiano.

En 1730 fue nombrado abastecedor de Venecia y permaneció en el cargo unos siete años.  ¡Todo un político!  Con toda razón se le consideraba un aficionado a la música y no un gran maestro como hoy se le puede admirar.  Murió en Brescia, donde fungía como camarlengo, el año 1739, a los cincuenta y tres años.  Además de sus grandes aportaciones para teclado (órgano y clavecín), podemos considerar a Benedetto Marcello como el músico que más contribuyó para la consolidación de la Sonata da Chiesa o Sonata de Iglesia.  Este tipo de obras rompe con la tradicional estructura de la sonata a tres partes ya que se añade un cuarto movimiento, quedando la estructura lento-rápido-lento-rápido.  Las sonatas de Iglesia de Benedetto Marcello son de una belleza única y aunque ya no se ejecutan en la liturgia cristiana todavía elevan el espíritu del oyente, y es en realidad el fin para el que fueron compuestas…

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, el 8 de junio de 2009

“Francisco López Capillas”

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

 

 

 

“Francisco López Capillas”

Uno de los más grandes músicos mexicanos, contemporáneo de la excelsa poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, fue Francisco López Capillas.  Vivió en el siglo XVII y es considerado el primer Maestro de Capilla de la Catedral de México nacido en tierras mexicanas.

Francisco López Capillas nació en 1614, en la capital del Virreinato.  Poco se sabe de su infancia pero muy seguramente fue ‘seise’ del coro de la Catedral de México.  Recordemos que en aquella época las voces femeninas estaban prohibidas en el culto público de la Iglesia, por lo que las voces agudas eran cantadas por niños que se agrupaban de seis en seis.  López Capillas recibió la instrucción musical de la época: canto llano (gregoriano) y el ‘canto de órgano’ que no era otra cosa que composición polifónica.  Se cree que pudo haber sido discípulo de Antonio Rodríguez de Mata, músico español, maestro de capilla de la Catedral de México de 1614 a 1643.

Hacia 1641 encontramos a Francisco López en la Catedral de Puebla donde, bajo la autoridad de Juan Gutiérrez de Padilla ocupó el cargo de segundo organista, ‘baxonero’ y cantor.  Era la época, aunque muy breve, del gran obispo Juan de Palafox y Mendoza quien estimuló la cultura, defendió a los indios, fundó seminarios y colegios, inauguró la biblioteca que lleva su nombre, contribuyó a la construcción de la Catedral de Puebla y además fue escritor y poeta.

Más tarde, López Capillas sucedió en el cargo de primer organista al Pbro. Pedro Simón aunque conservando el cargo de ‘baxonero’.  El baxonero era el encargado de tocar el ‘baxón’ que es un instrumento parecido al fagot y que apoyaba al coro en las partes graves.  Este cargo en la Catedral de Puebla duró poco tiempo: alrededor de un año, pero aprovechó en gran manera la continua convivencia con Juan Gutiérrez de Padilla, además de tener contacto directo con las obras de otros músicos, guardados en el archivo.

En 1648 lo encontramos en la Catedral de México como organista y en 1654 es nombrado Maestro de Capilla y Organista por su “suficiencia y habilidad para dichos ministerios”.  Es de esta época la mayoría de sus obras hasta hoy conocidas y rescatadas por los musicólogos.  Sus obras son principalmente vocales, polifónicas, destinadas al servicio litúrgico como son Misas, Pasiones, Motetes, Salmos, Lamentaciones, Secuencias, etc.  Pero se sabe que también compuso villancicos, ensaladas, tocotines, chanzonetas, cantadas, etc., en español, náhuatl, mestizo y negro, como era la usanza de la época.  Desafortunadamente mucha de su música está perdida.

Una anécdota curiosa que podría ayudarnos a calcular su ingenio y su musicalidad: A petición del virrey, Francisco Fernández de la Cueva, Francisco López compuso una misa a cuatro coros para la dedicación de la Catedral Metropolitana en 1656.  Eran cuatro coros locales, cada uno con su órgano y demás músicos y cada uno con su propio director que cantarían todos, una misa completa en sí misma y diferente a las otras tres, y que, sin embargo, se amalgamarían en un todo armonioso y perfecto.  La crónica de la época lo refiere así: “Acudió todo el reino y las religiones por la novedad de cantarse cuatro misas a un tiempo, juzgado por acto de mofa; pero quedaron confusos y admirados de ver el acto más grave y más grande que la Iglesia de Dios ha usado, y lo que más admiró fue el ver obrar a cada uno lo que le competía como si fuera solo… sin confundirse ellos ni sus ministros, acólitos y músicos… Acabáronse las misas… con tanta alegría… que fue admiración, y los que pretendían censurar quedaron confusos y avergonzados”.

Como muchos músicos a lo largo de la historia, Francisco López tuvo problemas de diversa índole, desde la mala remuneración por su trabajo hasta digresiones por su forma de componer.  Aun así, el trabajo que realizó denota una gran personalidad, de exquisita y profesional preparación.  Sabemos que fue un gran estudioso, conocedor de la ciencia musical de su época, buen intelectual que, al igual que Sor Juana Inés de la Cruz estuvo influenciado por el pensamiento pitagórico y neoplatónico acerca de la “armonía del cosmos” y la “música de las esferas”.

Después de una vida musicalmente fecunda, Francisco López Capillas murió el 18 de enero de 1674, aproximadamente a los 60 años de edad, tras una breve enfermedad.  Afortunadamente nos legó obras polifónicas admirables en las que podemos reconocer tanto sus conocimientos teóricos como su buen gusto de cantor, de verdadero artista.

Lester D. Brothers afirma que “viviendo en el mismo siglo que Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639) y Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), Francisco López demostró que los mexicanos no sólo tenían algo que ofrecer en el mundo de la literatura sino también en el mundo de la música”.

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, el 11 de agosto de 2008.

“La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine” (Parte IV)

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine

(“Gloria a Dios en el Cielo” o “Dale, Señor, el descanso eterno”)

IV Parte de IV

Continuación

… El problema es serio y va tomando dimensiones impresionantes porque no se ha atacado esta “plaga” desde la raíz.  Habría que empezar por renovar, no los planes de formación que, en realidad, si se parecen a los de mi Orden, como es natural, son excelentes pero no pueden quedarse sólo en el papel.  Hay que trabajar desde arriba (obispos y sacerdotes), hasta los fieles (religiosos y laicos).  Estoy convencida de que estamos todavía a tiempo para poner en práctica todas las disposiciones, órdenes, recomendaciones, sugerencias, etcétera, que sobre la música sacra nos ha hecho el Magisterio desde hace muchos años, aunque ya sabemos que lamentablemente esta crisis, lo repito, está tomando dimensiones impresionantes.  Estamos en el camino perfecto para que la herencia y el tesoro que la Iglesia ha promovido y conservado durante cientos de años se vaya al sepulcro y con toda razón el cantemos el “Réquiem aeternam dona ei, Dómine”  (Dale, Señor el descanso eterno), aunque dudo que a estas alturas todos los feligreses sepan lo que es un ‘Requiem’.

El maestro José Antonio Robles Cahero, historiador e investigador titular del CENIDIM (Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical Carlos Chávez), del INBA, apunta muy atinadamente, desde su perspectiva de musicólogo, lo siguiente:

“… propongo las siguientes acciones como un medio plausible de tratar de cambiar y mejorar la situación antes descrita (y que también aquí estamos comentado):

… Promover y fortalecer la formación musical de los sacerdotes, así como la de los músicos que trabajan para la Iglesia, mediante talleres y clases especiales en los seminarios y escuelas de música sacra…  Propiciar la composición y la interpretación de una nueva música sacra, compuesta por los mejores compositores de México, que continúe dando esplendor al culto y a la liturgia.”

Como podemos observar, desde una u otra perspectiva (la sacra y la profana), es de opinión general que la base es la adecuada formación.  De todas formas, no hay que olvidar que actualmente se tienen algunas Comisiones y Escuelas de Música Sacra en México que están trabajando arduamente en este campo.  De hecho, anualmente se organizan encuentros y conferencias donde participan los responsables de la música y la liturgia de cada diócesis.  Pero no es suficiente.  En realidad todo va dirigido a los que tienen ya alguna experiencia en este campo y son sólo unos cuantos.  Hay una necesidad urgente de llegar a los párrocos, a los que viven cotidianamente esta difícil situación, a los no-expertos y los no-formados, y abordar temas muy concretos.  Así mismo, la formación musical en los seminarios y las casas religiosas debe abarcar por lo menos materias como éstas:

-       Canto llano y canto gregoriano

-       Polifonía

-       Historia de la música

-       La música en el Magisterio de la Iglesia

-       Liturgia Pre y Post-Conciliar

-       Solfeo

-       Órgano e instrumentos recomendados (por lo menos nociones)

-       etcétera.

Todas éstas como materias obligatorias y no opcionales como se da en la mayoría de los casos.  Es verdaderamente una pena encontrarse con padrecitos y monjitas que no saben ni siquiera lo mínimo para una digna y correcta celebración y que al tratar de dialogar con ellos se muestran indiferentes, apáticos y hasta molestos.  Se comprende que todos somos humanos, pero yo pienso que, estando ya en este lado de la trinchera, tenemos (y yo me incluyo) la inmensa responsabilidad de reflejar en todas nuestras acciones el amor y la misericordia del Dios en Quien nosotros creemos y proclamamos, y una de las expresiones más bellas para hacerlo es la vivencia de una Liturgia llena de belleza, arte y dignidad, (sólo son opiniones y puntos de vista).

Ojalá un día pudiera encontrar en los periódicos católicos algunos títulos parecidos a estos:

-       “Curso de Formación litúrgica y musical para todos los fieles”.

-       Taller: “Qué y qué no está permitido en la misa”

-       Foro: “La música sacra en las parroquias” (temas de reflexión).

-       “Cómo participar en una Misa cantada”

-       La Música sacra en la Iglesia: “Gloria in excelsis Deo o Réquiem aeternam dona ei, Dómine”

Y en los anuncios parroquiales algo así:

-       Ven y participa! “Curso de Formación Musical” ¡Grupos adecuados a tu edad! (Habrá dinámicas)

-       La Parroquia de San Cucufato te invita: “Concierto de Música Sacra” con Fulanita de Tal al órgano y la orquesta de la colonia, y el Padre Zutanito como director.  ¡No faltes!, ¡te esperamos! ¡Entrada libre!

Es como un sueño dorado ¿verdad?, pero no creo que sea imposible, sólo es cuestión de que nos pongamos las pilas y comencemos a aplicar debidamente y con responsabilidad las disposiciones del Magisterio para salvaguardar el tesoro y la herencia musical que la Iglesia tiene, cada uno desde su trinchera.

Termino con una frase de Miguel Bernal Jiménez que me gusta mucho y con la que suelo terminar mis colaboraciones: “En mi pecho arde un secreto anhelo, Señor, que mi canto sea agradable a Ti y también a los hombres”. O como el Motu Proprio de San Pío X: “… la música sagrada tiende a su mismo fin, el cual consiste en la gloria de Dios y en la santificación y edificación de los fieles”.

Artículo publicado en http://www.clasicamexico.com, en Agosto de 2008.

La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine” (Parte III de IV)

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

La Música Sacra en el siglo XX: “Gloria in excelsis Deo” o “Réquiem aeternam dona ei, Dómine”

(“Gloria a Dios en el cielo” o “Dale, Señor, el descanso eterno”).

Parte III de IV

Hace algunos días, en uno de esos pequeños ratos que tengo para la lectura personal, quise hojear los periódicos semanales que recibimos habitualmente en mi comunidad monacal.  Entre los artículos y propagandas que leí me topé con un anuncio que decía más o menos así:

-       “¿Cómo vivir y promover el Evangelio?, participa en la formación Teológica para laicos”.

Una inquietud muy grande surgió en mi interior y pasé un buen rato leyendo todos los anuncios y avisos acerca de los cursos y talleres que promueve la Iglesia Católica:

-       “Curso de formación básica para nuevos ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión”.

-       “Coaching cognitivo aplicado a grupos para mejorar tu servicio al Señor.”

-       “Master in Family” para los agentes de Pastoral Familiar.”

-       Foro: “La elección de pareja para un proyecto de vida”.

-       Curso de “Sanación Integral”.

Y me puedo seguir con más anuncios semejantes.  Mi desasosiego estaba llegando al culmen pero todavía me di el lujo de hojear algunas revistas religiosas… y nada: ni un solo curso, taller, ponencia o algo por el estilo que abordara la música sacra y que estuviera abierto o dirigido específicamente a los no-expertos en el arte.  Y para rematar mi desilusión, al reacomodar las hojas de uno de los periódicos, leí este anuncio:

-       Parroquia de Santo… te invita: “Concierto de Rock-pop con N…, y su banda.”

¡Esto es lamentable!…  Está por demás decirles que pasé un buen rato estupefacta, desilusionada y sin palabras.  Y sin embargo es la cruda realidad.  Desafortunadamente a la música sacra no se le da el valor que debiera tener y por lo tanto es poco el interés que se tiene para abordar el tema.  Qué lástima que los principales promotores de esta gran herencia, los padrecitos y las monjitas, sean precisamente los menos interesados y los menos formados en este campo.  Es por eso que decidí, en esta ocasión, compartir con ustedes, por segunda ocasión, algunos puntos referentes a la Formación Musical de los fieles y que podemos encontrar en los documentos que versan sobre la música sacra, aprobadas y confirmadas por la Iglesia Católica.

Tomaremos como hilo conductor uno de los documentos más completos que podemos encontrar dentro del Magisterio de la Iglesia y es el “Músicam Sacram”.  Este documento lo aprobó la Sagrada Congregación de Ritos en 1967.  Ya cumplió 41 años pero lamentablemente muchas de sus disposiciones están aún sin ejecutarse o cumpliéndose de manera superficial o arbitraria.  Es cierto que, después del Concilio Vaticano II, los sumos pontífices, desde Paulo VI hasta el actual Benedicto XVI han escrito sobre el tema pero en realidad no hay nada nuevo que no se haya dicho en el Motu Proprio de S. Pío X, en el Musicae Sacrae de Pío XII, o en el citado “Músicam Sacram”.  Otro documento que nos es indispensable es la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, en su Capítulo VI dedicado íntegramente a la música sagrada y a la que nuestro documento, Músicam Sacram, sirve de continuación y complemento.

Tenemos, pues, un primer punto, el No. 17 de Músicam Sacram, que dice así:

“Entre los fieles deben recibir particular preparación en el campo, los miembros de las Instituciones religiosas de laicos para que con más eficacia contribuyan a sostener y promover la participación de los fieles.  La preparación de todo el pueblo al canto se debe promover cuidadosamente y con paciencia junto con la instrucción litúrgica, según la edad, el género de vida, el grado de cultura religiosa de los fieles, empezando desde los primeros años…”

Vayamos paso por paso.  Es innegable el interés que el Magisterio de la Iglesia tiene por una verdadera y seria formación litúrgico-musical,  pero hay que reconocer que, como dice el viejo refrán, ‘del dicho al hecho hay mucho trecho’.  Una cosa son las posturas y disposiciones del Magisterio y otra las celebraciones cotidianas de una parroquia en particular.  Es clara la ausencia de formación litúrgica y sobretodo litúrgico-musical en la mayoría de nuestras iglesias locales, desde los mismos pastores (obispos, sacerdotes y diáconos), hasta los ministros y fieles.  Y si no hay formación desde las cabezas es casi imposible formar a los fieles, aunque sabemos que hay que tomar en cuenta diversos factores tanto contextuales como culturales y sociales.  Es más complicado de lo que parece y las soluciones se ven cada vez menos a nuestro alcance.

En un libro de Antonio Alcalde, titulado “El Canto de la Misa”, me encontré, en unas cuantas líneas, una descripción de nuestra realidad musical y esto en la música en general y no sólo en la sagrada:

“Nuestros niños y jóvenes no están educados para la melodía.  Están privados de gustar y saborear una bella melodía porque se han acostumbrado al ritmo insistente, chirriante y machacón… y cuanto más ritmo menos melodía.  Para ellos melodía es sinónimo de canción romántica, de música lenta, para bailar pegados (baladas, boleros)…”

Es evidente que cuando se trata de una celebración litúrgica la mayoría de los fieles jóvenes y no tan jóvenes no están convenientemente educados ni para ejecutar una música bella y digna ni para escucharla atentamente y participar en ella.  Aún a los mismos pastores les da cierto “miedo” abordar el tema, ya sea para su propia formación o ya sea para las actividades propias del ministerio con los fieles.  Tal vez piensan (y es opinión muy personal), que si no sintonizan con las canciones que están de moda (una moda muy efímera por cierto), y no adaptan los cantos litúrgicos a dicha moda, los fieles huirán o de plano no se acercarán a las celebraciones.  A mi juicio, una cosa es la ‘inculturación’ de que tanto habla la Iglesia y otra muy distinta el “populacherismo”, (¡vaya expresión!), que en nada sintoniza con la belleza y dignidad que nos hablan los documentos eclesiales.

Y es que parece ilógico: todos pensaríamos que los padrecitos y las monjitas (incluyéndome a mí, por supuesto), estudian por lo menos lo más elemental del arte musical, pero, aunque sea duro decirlo, ésta es la realidad, NO hay formación musical “seria” en los seminarios ni en las casas religiosas.

Tenemos en el No. 18, inciso a), del Músicam Sacram:

“Por lo tanto: tiene que haber un coro o capilla musical o “Schola Cantorum” formada cuidadosamente, en particular las iglesias catedrales y en otras iglesias mayores, en los seminarios y casas de estudio de los religiosos…”

Y el No. 52 nos vuelve a insistir en el tema:

“Para conservar el tesoro de la música sacra (y lo subrayo para que no haya duda), y para promover nuevas creaciones del canto sacro dése mucha importancia a la enseñanza y práctica musical en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudio, así como también en los demás institutos y escuelas católicas, sobre todo en los Institutos Superiores destinados a este fin…”

Es de suponer que cada Orden, Congregación Religiosa, Instituto de Vida Consagrada, etcétera tiene, en sus planes de estudio, la música como una de las principales materias pero (y hay que subrayar este ‘pero’) si aplicáramos un examen de conocimientos básicos de música y liturgia me temo que una inmensa mayoría saldrían debiendo puntos.  Es, precisamente en la cuestión formativa de la música sacra, donde hay un conformismo “bárbaro”, y si no, veamos algunos ejemplos:

-       Los responsables de las Casas Formativas o los superiores de Seminarios, Órdenes, Congregaciones, etcétera, se conforman con que haya alguien que ‘disque’ sepa cantar.

-       Se conforman con que alguien toque de oído y hasta se atreven a decir: “soy lírico” (¡si supieran lo que lírico significa!)

-       Se conforman con un conjunto (que no me atrevo a llamar ‘coro’) de gente de mucha buena voluntad y ánimos pero de formación musical casi nula.

-       Se conforman con una misa (o cualquier otra celebración) con guitarras.  Y habría que señalar que la guitarra es uno de los instrumentos no-recomendado para uso litúrgico, pero en fin.

-       Se conforman con un teclado último modelo que en nada puede compararse a las cualidades tan peculiares del órgano.

-       Se conforman con maestros “chafas” (y estuve a punto de escribir “piratas”) que enseñan poco y mal y carecen de conocimientos de liturgia, básicos para una buena celebración.  Pero “¡como el maestro no cobra!…”

-       Se conforman con cantos “populacheros” (y me doy el lujo de repetir más palabras domingueras), con el pretexto de que es para que la gente participe… ¡vaya disfraz para pensar y decir que la gente es tonta y no tiene capacidad para aprender buenas melodías!

Y podría alargar mi lista de “conformismos” pero me ‘conformo’ con estos…  (Continuará…)

Artículo publicado en www.clasicamexico.com, en Agosto de 2008.