“El Órgano y los otros instrumentos: criterios para el culto divino” (Parte I)

Les ofrezco a continuación extractos de un artículo que se publicó en la revista “Actualidad Litúrgica” en su No. 204, correspondiente al bimestre septiembre-octubre del 2008.  Hice una selección de los textos más importantes y que pueden darnos una luz sobre los criterios que debemos tener en cuenta al admitir un instrumento en el culto divino.  Espero les guste…

“El órgano tubular y los otros instrumentos:

¿cuáles son los criterios para admitirlos en el culto divino?”

(Los Instrumentos Musicales y la Música Instrumental)

 

 

Mons. Albert Malcolm Ranjith

(Extractos)

Para responder a la pregunta formulada en el título (¿cuáles son los criterios para admitir los instrumentos en el culto divino?), habría que echar un vistazo a la tradición milenaria de la Iglesia, considerando, concretamente, su experiencia cultual, para saber cuáles instrumentos musicales han encontrado un lugar en las celebraciones litúrgicas y cuáles no, y para conocer los motivos de prohibición y de admisión, obteniendo de ello los eventuales criterios para nosotros hoy.

Ciertamente, el órgano tubular, con su tradición litúrgica secular, no necesita la ilustración de criterios para apoyar su admisión en el culto divino, ya sea para acompañar el canto, ya sea como instrumento solista.  Aunque no siempre haya sido así, su introducción en el culto divino no ha sido inmediata sino progresiva, y el mismo uso del órgano – en preludios o interludios – no hay que tomarlo de modo unívoco.  Por lo demás, en la imaginación colectiva, el órgano es el instrumento naturalmente asociado con la Iglesia y con las celebraciones litúrgicas.  Los instrumentos de arco y de viento están más relacionados al ámbito operístico, así como los instrumentos de percusión conducen a ritmos particulares.

Por mi parte, desarrollaré el argumento resaltando las indicaciones contenidas en los documentos del magisterio desde el siglo pasado hasta el día de hoy, deduciendo de allí algún elemento de discernimiento.  La antigua tradición cristiana, aunque heredó las prácticas cultuales veterotestamentarias, no introdujo aún el uso de instrumentos en el culto divino, escogiendo la voz humana como la más apta para alabar convenientemente a Dios… Es explícito San Clemente de Alejandría, el cual explica por qué el hombre, en quien sopla el Espíritu Santo, es el único instrumento vivo de mis voces, apto para celebrar a Dios… También San Jerónimo observa: “¿quién podrá encontrar el temor de Dios donde suenan tambores, grita la flauta, trina la lira y resuena el címbalo?”.  Éste es el motivo por el que el canto eclesiástico (Canto Gregoriano, N. del E.) se ha desarrollado sin acompañamiento de instrumentos…

Desde el Medioevo, el órgano es admitido en las acciones litúrgicas para acompañar el canto, aun si su imperfección técnica no le permitía una gran difusión.  Perfeccionado en la segunda mitad del s. XV, el órgano tubular adquirió poco a poco un lugar privilegiado en la música sagrada, hasta conocer un gran esplendor con el enriquecimiento, en los ss. SVII – XIX, de un serie de registros orquestales.  Sin embargo, como lo sabemos, tampoco el órgano está inmune de ambigüedad en la medida en la que la música organística llega a ceder a la teatralidad y profanidad.  El Motu Proprio de San Pío X se pronunció en contra de esto.

Con la intención de reordenar el canto y la música en los actos litúrgicos, sustrayéndolos a los estilos teatrales y poco compatibles con el culto divino, el Motu proprio Tra le sollecitudini, de San Pío X dedica explícitamente algunos números para tratar acerca del órgano y de los instrumentos musicales (cfr. nn 15-21).

Como criterio base se dice que el uso del órgano está “permitido” para sostener el canto y no para oprimirlo, siendo la música vocal propia de la Iglesia.  En casos particulares, con licencia especial del Ordinario, se pueden admitir también otros instrumentos musicales, con la misma finalidad.  El sonido del órgano, al acompañar el canto, sin precederlo con preludios o interrumpirlo con intermezzi, debe respetar tanto su naturaleza propia como las cualidades peculiares de la música sagrada.

Por lo tanto, se prohíbe el uso del piano en la Iglesia, así como también de instrumentos ruidosos y ligeros como el tambor, el bombo y los platillos, las campanillas y similares (cfr. No. 9).  Además, se prohíbe en la Iglesia el sonido de bandas musicales, excepto en ciertos casos, con el consentimiento del Ordinario.

Veinticinco años después, Pío IX, en la Constitución Apostólica Divini cultus Sanctitatem (20 de diciembre de 1928) se expresa así respecto al punto VIII:

“La Iglesia tiene su instrumento musical tradicional, llamado órgano, el cual, por su maravillosa grandiosidad y majestad, es estimado digno de secundar los ritos litúrgicos, ya sea acompañando al canto, ya sea durante el silencio del coro y según las prescripciones, difundiendo suavísimas armonías.  Sin embargo, hay que evitar la mezcla de lo sacro y lo profano que, por un lado, por las modificaciones introducidas por los constructores, y por otro, por el atrevimiento musical de algunos organistas, amenaza la pureza de la función misma que tan admirable instrumento está destinado a realizar.

… En 1955, Pío XII escribió la Encíclica Musicae Sacrae disciplina (25 de diciembre de 1955), mencionando para la liturgia, además del órgano tubular, otros instrumentos musicales, entre los cuales nombra a los instrumentos de arco:

“… Entre los instrumentos a los que está abierta la entrada a la Iglesia, viene con buen derecho, en primer lugar, el órgano, porque está particularmente adaptado a los cantos sagrados y a los sagrados ritos, y da a las ceremonias de la Iglesia un notable esplendor y singular magnificencia, conmueve el ánimo de los fieles con la gravedad y la dulzura de su sonido, llena la mente de gozo casi celestial y eleva fuertemente a Dios y a las realidades supremas.  Además del órgano, hay otros instrumentos que pueden ayudar eficazmente a alcanzar el alto fin de la música sagrada, con tal de que no tengan nada de profano, de ruidoso, o cosas que desdigan del sagrado rito y de la gravedad del lugar.  Entre ellos vienen en primer lugar el violín y otros instrumentos de arco, los cuales, ya sea solos o junto con otros instrumentos y con el órgano, expresan con indecible eficacia los sentidos de todas las actitudes del alma.”

(Continuará…)

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