“Requiem” de Wolfgang Amadeus Mozart (parte II)

Syrigma

Por: Sor Beatriz Alceda Pérez, O.I.C.

 

“Requiem – Mozart”

Parte II

 

… La siguiente parte de la Secuencia es el conocido ‘Rex tremendae’.  El texto dice así:

 

Rex tremendae maiestatis,

qui salvandos salvas gratis:

salva me, fons pietatis!

 

¡Oh Rey de tremenda majestad!,

que salvas gratuitamente a tus elegidos,

¡sálvame, oh fuente de piedad!

 

Empiezan las cuerdas haciendo un intervalo descendente de quinta, que para los expertos en música significa que salta de una nota a otra más baja a una distancia de cinco sonidos naturales de una a otra.  Esto es muy simbólico:  Mozart, al parecer, quiere hacer hincapié en la distancia que hay entre Dios y la creatura y que al manejar el texto ‘Rey de tremenda majestad’ pone un abismo casi insalvable entre nuestra condición humana y la condición divina y tremendamente majestuosa.  Las cuerdas van haciendo más intervalos descendentes, prácticamente como si se trataran de las llamas del mismo purgatorio, a la vez que escuchamos algunos metales (trombones, cornos y trompetas) haciendo una especie de llamada de atención con acordes llanos evocando la entrada de los reyes ante quien hay que inclinarse.  Volvemos aquí con las reiteradas repeticiones de las frases o palabras claves.  De hecho, la primera palabra que canta el coro es ‘Rex’, es decir ‘Rey’ y lo hace con un grito casi desgarrador, como desde el fondo del abismo y cabe hacer notar que todas las veces que se repite ‘Rex’, siempre aparece así, como un grito.  Toda la pieza se desarrolla en este tono de ‘Rex tremendae maiestatis, acordes fuertes, contundentes y seguidos uno de otro para que, hacia el final se marque bien el contraste con las palabras ‘salva me, fons pietatis!’, primero cantadas por las voces femeninas, luego repetidas por las voces masculinas y una tercera vez todas las voces con una melodía suave, casi tierna, imagen de quien pone todas sus esperanzas en la salvación del Dios, fuente de piedad y misericordia.  Estamos en el umbral del romanticismo que se conjuga con la religiosidad de toda una época  y que comienza a vivir los procesos post–revolucionarios e ideológicos de finales del siglo XVIII…, es de esperar que así resolviera terminar esta parte de la Secuencia, con un contrastante ‘fons pietatis’

 

Seguimos adelante con otra parte de la Secuencia:

 

Recordare, Iesu pie,

quod sum causa tuae viae:

ne me perdas illa die.

 

Quaerens me, sedisti lassus,

redemisti crucem passus:

tantus labor non sit cassus!

 

Iuste Iudex ultionis,

donum fac remissionis

ante diem rationis.

 

Ingemisco tamquam reus,

culpa rubet vultus meus;

supplicanti, parce, Deus.

 

Qui Mariam absolvisti

et latronem exaudisti,

mihi quoque spem dedisti.

 

Preces meae non sunt dignae,

sed tu bonus, fac benigne,

ne perenni cremer igne.

 

Inter oves locum praesta

et ab haedis me sequestra,

statuens in parte dextra.

 

Recuerda, piadoso Jesús,

que soy la causa de tu venida:

no dejes que me pierda en aquel día.

 

Buscándome, fatigado te sentaste,

me redimiste sufriendo en la cruz:

¡que tanto trabajo no sea en vano!

 

¡Oh Justo Juez de la venganza!,

concédeme el regalo de tu perdón

antes del día del juicio.

 

Gimo como un reo,

la culpa enrojece mi rostro,

oh Dios, perdona al que te suplica.

 

Tú que perdonaste a María,

y escuchaste al ladrón,

también me has dado esperanza.

 

Mis plegarias no son dignas,

pero Tú, que eres bueno, benignamente haz

que no me queme en el fuego eterno.

 

Dame un lugar entre tus ovejas

y apártame de los cabritos,

colocándome a tu derecha.

 

Después de varios momentos de desasosiego, tenemos aquí una especie de diálogo sincero.  Esta es la parte más larga de la Secuencia trabajada por Mozart.  Por su misma extensión no es posible detallar parte por parte cómo ha sido manejado pero sí podemos enfatizar algunos detalles que llaman la atención.  Comienza la pieza con un pequeño solo de instrumentos y cuyos solistas por unos compases son el clarinete, uno de los favoritos de Mozart y el oboe.  Sigue una progresión, es decir, una melodía que va subiendo de forma progresiva, repitiendo su esquema una y otra vez hasta llegar a un clímax que puede luego resolverse de diversas maneras.  Todo esto ya nos plantea una atmósfera: la oración del creyente que confiadamente eleva a Dios y espera ser escuchada y resuelta.  Inmediatamente después de la progresión, el texto comienza con la palabra ‘Recordare’ cantado primero por la contralto y de fondo, en una variante, el bajo; después se suman, a modo de respuesta ‘quod sum causa tuae viae’ la soprano y el tenor.  Son notas largas, llenas de confianza; de hecho, sin perder su atmósfera fúnebre, se percibe perfectamente la oración suplicante que se eleva a Dios pero comenzando por ‘recordarle’ que justamente por nosotros, pecadores, vino a este mundo y la consabida repetición de la frase importante: ‘no dejes que me pierda en aquel día’…

 

Seguimos con la frase ‘Quaerens me, sedisti lassus’ en el mismo ambiente de oración sincera y de súplica que llega hasta la frase ‘ante diem rationis’.  Sin embargo, cuando entramos a la frase ‘Ingemisco tamquan reus’ es curioso observar cómo, además de percibirse un ligero cambio en el color de la música, notamos cómo realmente Mozart quiere sugerirnos el gemido del creyente que está verdaderamente sonrojado por sus pecados, como queriendo cubrir su rostro con las manos pero pidiéndole, suplicándole a Dios el perdón.  Y para que no quede duda de que Él es verdaderamente misericordioso, trae a la memoria el perdón que en otro momento le dio a María (la ‘magdalena’), y al ladrón arrepentido, crucificado a su lado el día de la pasión.  Las líneas melódicas usadas por Mozart son por demás sutiles y bellas y quizá otro detalle que no me pasa desapercibido es que al nombrar a la pecadora, la línea melódica es cantada por la soprano, es decir una mujer, y al nombrar al ladrón perdonado, la línea melódica es cantada por el tenor, es decir un hombre, y todos juntos repiten dos veces la frase final de ese párrafo, ‘también me has dado esperanza’, porque al final, nada está perdido…

Los siguientes versos nos remiten al principio de esta parte de la Secuencia, en un ambiente de oración confiada pero como es de esperar tenemos la variante en la frase ‘ne perenni cremer igne’.  Mozart nos pone aquí un verdadero contraste con lo anterior: volvemos a sentir de fondo las llamas que hemos escuchado en otras partes del Requiem y que no dejan de arder mientras las voces repiten casi en un grito ‘que no me queme en el fuego eterno’.  Y volviendo de nuevo a la confianza, aludiendo al evangelio de San Mateo (25, 31–46), Mozart nos coloca, con más melodías sutiles y bellas, entre las ovejas del rebaño, sin dejar de hacer sus consabidas repeticiones de esa ultima frase que resulta ser tan importante: ‘colocándome a tu derecha’… Termina esta parte de la Secuencia con un pequeño ‘solo’ de instrumentos, de forma semejante, aunque reducida, a como lo hizo al principio.  ¡Toda una belleza!

 

Aquí tenemos otra parte intensa:

 

Confutatis maledictis

flammis acribus adictis,

voca me cum benedictis.

 

Oro supplex et acclinis,

cor contritum quasi cinis,

gere curam mei finis.

 

Cuando sean confundidos los malditos

condenados a las llamas ardientes,

llámame con los bienaventurados.

 

Te ruego suplicante y humillado,

con el corazón deshecho como ceniza,

que tú cuides de mi ultimo fin.

 

Abre inmediatamente esta parte de la Secuencia con las cuerdas en una especie de fuego ardiendo, que como hemos comentado, no han dejado de arder más que en unos pocos momentos de tregua.  El texto no es menos intenso: Confutatis maledictis flammis acribus adictis, y es cantada en una especie de ‘canon’ por las voces masculinas.  No podemos evitar sentir la desesperación que se nos transmite.  Si cerráramos los ojos y pudiéramos imaginar algo, no nos sería difícil ver saltar sobre las llamas del infierno a los ‘malditos’ que fueron condenados al fuego ardiente.  Sumamente contrastante, y cantado por las voces femeninas de forma muy dulce y casi etérea, repite varias veces ‘llámame con los bienaventurados’.  Dos veces se repiten estas dos frases impresionantemente contrastantes e inmediatamente, con las cuerdas de fondo imitando el latido del corazón desesperado y la respiración ansiosa, hace en repetidas veces la última súplica: ‘que tú cuides de mi último fin’, para, por fin,  quedar con el corazón un poco sosegado… De nuevo hay que recordar que el texto de la secuencia, y de todo el Requiem, fue hecho en épocas donde la mentalidad del Dios Justo Juez que premia a los buenos y condena a los malos era lo que primaba en la mayoría de las ideologías cristianas y que afortunadamente se han visto infinitamente superadas por el rostro del Padre eternamente misericordioso que Jesús nos vino a mostrar y que vemos fielmente retratada en el Evangelio.  Además, este texto ya no fue aprobado como parte de la Liturgia de los fieles difuntos después del Concilio Vaticano II.  Esto para entender en qué ambiente nos estamos moviendo con el Requiem y en este caso, el trabajado por Mozart.

 

La Secuencia termina con los siguientes versos:

 

Lacrimosa dies  illa

qua resurget ex favilla

iudicandus homo reus:

 

huic ergo parce, Deus.

Pie Iesu Domine,

dona eis réquiem.  Amen.

 

Día de lágrimas aquel día

en que resurgirá del polvo

el hombre para ser juzgado:

 

a él perdónalo, pues, oh Dios.

Piadoso Señor Jesús,

dales el descanso.  Amén.

 

Llegamos a una de las partes más controvertidas del Requiem.  Desafortunadamente, cuando Mozart estaba trabajando la partitura, se encontraba bastante enfermo.  El exceso de trabajo, el alcohol, la vida algo licenciosa que se daba, su mala administración y la precariedad en la que vivía, fueron causas que contribuyeron a que su salud se deteriorara rápidamente.  Al parecer, él tenía una perfecta idea de la estructura de todo el Requiem y de la estructura interna de cada una de las partes que lo conforman.  Sin embargo su trabajo quedó truncado.  Su muerte prematura no permitió que este gran genio terminara de escribir tal vez una de sus más grandes obras, y sin exagerar, una de las obras para difuntos jamás escrita en toda la historia de la música sacra.  De esta parte de la secuencia, sólo tenemos de la mano de Mozart los primeros ocho compases y después, nada… Todo lo demás lo hizo su alumno Franz Xaver Süssmayr por lo menos en la versión más conocida del Requiem.  Como apuntaba más arriba, a mi parecer Süssmayr logró darle homogeneidad a la obra a la vez que puso en práctica muchas de las enseñanzas de su maestro.  Es evidente que Mozart dejó algunos bosquejos que dejaban entrever cómo trataría las siguientes partes, pero al final el trabajo lo tuvo que hacer Süssmayr.  Ha habido varios críticos sobre esta cuestión y en ocasiones no han estado del todo de acuerdo con el trabajo del alumno de Mozart.  Hay quien ha afirmado que el ‘Lacrimosa’ perfectamente podría haber sido una fuga, tratada de la misma forma que fue tratado el Kyrie y la parte final: ‘cum sancti tuis’.  Sin embargo, al escuchar las diferentes propuestas, hechas sobre todo a lo largo del siglo XX, uno no deja de experimentar la sensación de estar lejos de la genialidad de Mozart… Creo que el esfuerzo de un contemporáneo, a más de ser su alumno y alguien muy cercano a Mozart, nos ofrece una muy buena aproximación a la partitura que desafortunadamente se quedó en la mente del gran genio…

Continuará…

Un pensamiento en ““Requiem” de Wolfgang Amadeus Mozart (parte II)

  1. Diego dice:

    Exelente! espero con ansías la continuación.

    Gracias de verdad!.

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